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537 e eAo, ocupa por derecho liirto número 1 del establetroside la mesa redonda. Pero no t e r m i n a n aquí sus obligaciones; al acabarse la oQiíñé- a, Ya r e c o r r i e n d o las filas de los comensales, esto es, de sus enfermos y de los del cocinero, j reguntándoles cariñosamente: f- ¿Qué t a l b a y apetito? ¿Ha comido t usted pollo? ¿Qué, le ha parecido á usted un poco duro? ¡Veo que ya van produ- ¡ciendo sii efecto las aguas! ¡Animo, y nos curaremos pronto! T por más roncas toses ó más cadavéricas facies que encuentre en su carriino, el hombre sigue pre- guntando si se ha comido pollo para juzgar del ánimo de cada uno de sus enfermos. Aquel que le dice que ha comido pollo, sin añadir que estaba duro, es ya un caso indudable de curación completa, porque con tal estómago y tragaderas t a l e s no hay e n f e r m e d a d que le venza ni médico que le mate. Y cuando el doctor va pasando á lo largo de la mesa en fúnebre recuento de los pollos duros, se alza una vocecita femenina que le llama muy apresurada: -i D o c t o r doctor! El galante médico se aproxima, y la vozle pregunta misíeno 3 sámente: -Diga usted, doctor; aquella señora que vino ayer tarde, y que es de VaUadolid, y que tiene cuarenta y dos años, aun cuando sólo confiesa treinta y cuatro, y que hace quince que está separada de su marido, y que tiene un hijo estudiando en un colegio, y que