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EL BALNEARIO moda, y según afirman algunos, la ciencia de curar, se han emparejado para constituir una quisicosa m u y rai- a que se llama el balneario. 2 0 es hospital, y lo parece, ponjue lo habitan enfermos; no es manicomio, y debería serlo, porque lo imeblan maniáticos: no es sitio de perdición, y, sin embargo, el que entra en él es hombre al agua; y tiene, en suma, carácter tan hetereogéneo, que empieza en un manantial y acaba en un cocinero, y aun cuando sus milagros los realiza el agua, no efe, á pesar de todo, taberna ó almacén de vinos. Yo, muchas veces, d sj) ués de visitar uno y otro balneario por el placer de encontrar en todos ellos los mismos ralverizadores, rae he preguntado con verdadera ansiedad: -Pero, sepamos, ¿qué es un establecimiento de baños? -Y cuando á tales cavilaciones me entregaba, cortábame toda reflexión una voz gruñona que decía á mi lado en la mesa: ¡Estos pollos están duros! Bueno; pue s un balneario, deducía yo, es un sitio donde los pollos están duros; pero todos los fondistas de Esjiaña me gritaban á 1 a vez: -Entonces, ¿cómo definiría usted nuestras fondas? Distingamos; un balneario es im lugar donde los pollos están duros, y además hay agua, agua sulfurosa, pongo por caso, con el consiguiente olor á huevos podridos; de modo que vayan ustedes anotando: pollos duros, huevos podridos, y un médico. ¡Con tales elementos buscan algunos la salud, pudiendo emplear más cómodamente la nitro- glicerina! Y sin embargo, hay quien se cura en un balneario, con gran asombro de todas las duchas y todos los pulverizadores, que allá en la alta noche, y cuando el balneario duerme, abandonan las incómodas salas donde funcionan durante el día y se van al salón de conversación á descansar de sus fatigas. Entonces las duchas de regadera platican con los pulverizadores laríngeos y se cuentan todos los sucesos del balneario, empezando, como es natural, por comentar las conquistas de la aguadora. La aguadora es siempre la chica más guapa del establecimiento, y además, fiada en las virtudes medicinales del manantial, cuyos líquidos tesoros gTaciosamente distribuye, no se cuida de otras virtudes menos sulfurosas ó nitrogenadas. E n todo balneario hay, pues, una virtud, la de las aguas, y una chica m u y guapa cerca del virtuoso manantial, pero volviendo la cara hacia el bañista. Este, con su vaso en la mano, bebe y mira; bebe la salud, que va disuelta en el agua, según afirma el doctor con el análisis del líquido y la cuenta del bañista en la mano, y mira á la aguadora, cuyo análisis no figura en la Memoria que escribió el médico ponderando las excelencias del balneario y haciendo constar desde luego que éste jjosee hermosísimas vistas. ¡Y sí que las tiene la chica del agua! P e r o el doctor habla de la cami iña que rodea el establecimiento, y metiéndose en unas honduras idílico- médicas, nos describe el azulado tinte de las montañas próximas, la I sombra de los castaños y el efecto milagroso que producen las aguas del balneario en las enfermedades de los ríñones.