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CON EL ESTRIBO EN EL PIE Así me dijo mi amiga Luisa Torbellino que se hallaba estos días. ¡Qué encuentro tuve ayer con ella en la calle; de Alcalá! N u n c a olvidaré el diálogo que sostuvimos. -Señora, ¿cómo está usted. -Así, así. Como ya se aproxima la cabeza, no sé donde tengo la marcha. H e estado en la Costanilla de los hijos á despedirme de los Desamparados de D. Lucas Gruardia, el coronel de la P o rra civil; después en casa de la desmejorada del Polvillo, que se ha quedado un poco barouesa; luego en casa de los señores de Grómez, excelentes baldosines que tienen fábrica de sujetos; más tarde en casa de unos Mostenses carnales que tengo en la plaza de los primos, y por último, en casa de mi tapia, que vive en la Ballesta d (i la sorda y está más concuñada qu una travesía. Después he ido á la calle de Mailame Josefina, á ver á Isabel la Católica, que es nú niña de cámara desde que yo era modista. Si usted viera el bizco que me acaba de hacer, se quedaba usted vestido de lanilla. ¡Cómo lo voy á lucir en el csalor cuando San Sebastián apriete! Supongo que con este mundo y los otros trajes que llevo en el siete, los bañistas que me encuentren ¡n la boca se quedarán con la playa abierta. ¡Pues no sabe usted los días de verano que me han arreglado en estos últimos sombreros! U n o es de moda blanca de Italia, según la última paja. Otro, que es de crema color de opio, seguramente va á dar la puntilla. Otro- ¿Y no lleva usted alguno adornado con flores y frutas? -S í el más raso de todos lleva trozos de bonito azul, espuelas de Toro y guindas de caballero. ¡Vaya, vaya! Estará usted rendida. -Crea usted, dolor mío, que tengo un gran amigo en todas las articulaciones. Y aún he de hacer algunas calles por esas compras de Dios. ¿Qué es lo que va usted á comprar? -U n a hermana de cuero negro claveteada, como la del marido de mi maleta; seis pañuelos de metal blanco; media