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¿Os llama la vida política, la vida cortesana? Allá, en Miramar, está la corte, y paseando por la Zurrióla veréis á los ministros de Jornada y á los más conspicuos personajes de la oposición. EL SARümEEO. -Aprisionado por los muelles de Santander, contemplamos uno de sus mares el útil, manso, apacible y comercial, el que sostiene á los barcos mercantes y contempla la faena de los cargadores; lejos de la ciudad ruge y brama el otro mar, el rebelde y proceloso del Sardinero, luchando eternamente con las peñas y escarpes de la costa. KL SAKDTXBRO Para encontrarle, b a s t a tomar el tranvía de vapor en la Plaza del Príncipe, y él nos llevará por detrás del muelle de Calderón, y á lo largo de la costa, á la segunda playa del Sardinero; y si preferimos otro medio de locomoción, una cesta de las estacionadas en la plaza referida nos conducirá, faldeando el Valle de Miranda, á la primera y aristocrática playa del propio Sardinero. El panorama visto desde el carruaje es precioso: un camino bordeado do chopos, do quintas y jardines; los caseríos ocultos entre el follaje, y á un lado la ermita de los Mártires, en la cual hay que dejar la pluma al maestro Pereda: Desde esta cumbre, dice, se doroina el vasto panorama de alta mar, descubriéndose á la izquierda la ciudad, amontonada, oprindda, agarrándose unas casas á otras como con miedo de caerse al agua, cual si se hubiesen detenido un instante después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía mojando los cimientos de las últimas; la bahía con sus verdes riberas sembradas de pueblecillos, después sus cerros ondulantes, y detrás de todo los abruptos puertos con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno... A la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste De aquí caen rápidamente á la marina carreteras, senderos, prados, veredas, cauces y cañadas, á morir, como en ancho desagüe, en el arenal del Sardinero LAS ARENAS. -Aquel mar robusto y potente, aquel forzudo oleaje, aquellas aguas, por excepción tranquilas, parecen reflejar el nervio varonil y la hercúlea potencia de las industrias bilbaínas. Y eso que la mano del hombre parece haber dominado con puentes, con remansos, con rompeolas, la furia innata del mar, como la camisa de fuerza acaba con la energía de un exasperado, y con la sublevada naturaleza del preso incorregible los férreos grilletes remachados á fuego sobre el tobillo. Desde los balcones del Gran Casino y del balneario, i 1 siempre poblado de forasteros, se divisa el magnífico puente que cruza hasta Portugalete, los astilleros del i Nervión, La Vizcaya de Chavarri, el camine que conduce por un lado á Bilbao y por otro á Algorta, la escollera de los rompeolas proyectados por Clmrruca, y que, una vez terminados, partiendo de Algorta y de Santurce, penetrarán valientes en el mar, como penetran entrambos acicates en los lomos del indomable bruto. Jíii El bañista de las Arenas no es el forzoso cartujo de nv. j- 3 fjd a muchos balnearios españoles, aislado del mundo y guarTM r SBl do por inaccesibles rocas. Tranvías sinnúmero le llevan rápidamente á Bilbao; por mar y por tierra infinitos medios de locomoción le convidan á visitar los pueblecillos de la costa; la flor y nata de la sociedad bilbaína pue Í J bla á menudo las tribunas del Hipódromo ó las butacas del Casino, y el elemento popular, tan típico, tan simpático, tan característico de Vizcaya, también acude en masa é la plaza del pueblo cuando se trata de celebrar LA 8 ARENAS con fiestas, algazaras y bailes, la fiesta de Santa Ana.