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524 el tabardillo no se ahogan; las golondrinas Naneas que padecen jaquecas; los comensales eternos de las grandes comidas; los inválidos de blasón aristocrático; los Ligisbeos de las viajeras cucas, y peregrinos del contorno, que se contentan con el olor del vagón y acuden al andén para ocupar asientos en los coches y propinar de este modo, si no hay muchas prisas. Reservados sin pago reglamentario á sus bellas conocidas; los mendicantes del veraneo artificial que van desde Madrid á... la Estación: los clientes de la medicina racional que recetan baños á las señoras y aires puros á los hombres: los perniquebrados del Club y de los Cluses; la turbamulta del botijo en tren infernal de recreo; el todo Madrid del Centenario, del Dos de Mayo y de las demás fiestas cívicas; el Madrid que trasnocha y, por un mosquito más, se hace trashumante. Todas las tardes son de moda. La hora más favorecida las oehoj que es la de salida del expreso de Francia. Materialmente no puede transitarse por el asfalto gelatinoso del andén. Toda la goma de dril y calcetín escocés se agolpa debajo del abrasado cobertizo, y los abaniqueros hacen negocio, porque no se respira más que humo y ceniza en el cráter de la Moncloa. Las carretillas de mundos ingleses y americanos corren desbocadas, y la humanidad empírea chilla como chillan las mujeres en las máscaras. Ha llegado la hora, y todo el mmndo se mueve. La nostalgia del mar oprime los espíritus; los nervios se pronuncian y saltan; los estómagos débiles se irritan; la anemia blanca, aristocrática, toma proporciones alarmantes. El viaje es una fiesta; el viaje es un remedio. A viajar, pues, aunque sea en torno de uno mismo. ¡Prepárate, máquina infernal; sopla y ruge, quebranta la tierra, obscurece el cielo, lanza humo y llamas, embiste, húndete en los túneles, sube á los montes, cruza los ríos, arremete, salta, arde, revienta pero elévanos contigo, llévanos lejos de este triste villorrio, y no te detengas hasta Biarritz, hasta París, hasta las ruletas de Alemania, hasta las aguas termales de la hig Ufe europea, que son las que curan! Es preciso, es indispensable viajar. Trepad á los montes, saltad los torrentes, bajad al fondo de los precipicios, y haceos conducir por caballos, mulos, renos, camellos ó perros, según los países que visitéis. Idos á la playa, que allí está el mar, y el mar es vuestro con sus ruidos solemnes y sus algas de esmeralda, con la voz poderosa de sus vientos, con el aspecto impaciente de sus cóleras y de sus calmas, más imponentes todavía. Idos al mar, que os llama con el suave arrullo de la marea; contadle vuestras penas, decidle vuestros amores, no le ocultéis vuestros deseos; el mar, gemelo de la nada, es grande como la creación y os dará consuelo. En todas las casas comme il faut se han arreglado ya las maletas de viaje. Se coloca todo en orden; se entregan al criado de confianza las llaves de la habitación, que, gracias á los cuidados de la señora, queda convertida en un verdadero tenderete de lienzos y gasas que cubren las sillas, los espejos, los cuadros, y hasta las palmatorias, y en cuanto llega el día designado, mientras de avanzada sale el carro de mudanzas 4 a ii iHK ta- üB. 1 señora necesita para llevar á la Estación los 1 M 1 Mi írtMnrfos que le hacen falta para visitar sólo un peque i S M K i ño rincón de nuestro planeta, dicha señora, el marido, las niñas mayores, las pequeñas y el recién nacido, todo un hormiguero de telas blancas y velos ligeros, se aleja al trote largo de los caballos propios camino del andén, del deseado y soñado andén. Después de todo, lo cierto es que sólo por esos mundos de Dios y de los extranjeros es donde en esta época del año se puede vivir y, en caso extremo, morir con honor. ¡Pensar que se puede volver curado, y si no, llevado por los dioses y diosas paganos del Olimpo internacional donde reside la moda! Creo que no puede pedirse más á la coquetería familiar de los viajes de verano. ENEIQOT SEPÚLVEDA.