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522 otra cosa no habrá, pero eii cnanto á limpieza, desafío á todas las mujeres del mundo. -Ya lo sé, señora. -Ésta es como los chorros del oro, añadió D. Lucas. ¡Con decirle á usted que hasta friega la carne con estropajo! Pero coma usted aceitunas, que están muy ricas. -Sí, y un rabanito, agregó la señora. En aquel momento la criada apareció por el foro conduciendo una fuente llena de merluza frita, y D. Lucas me sirvió cuatro rodajas como cuatro sombreros hong- os. ¡O bebe usted, ó tenemos un disgusto serio! Yo j a no tenía fuerzas para deglutir ni para nada; pero el matrimonio se había propuesto no dejarme descansar, y ella me daba un rábano, él una aceituna, después una copa de vino, después un trozo de carne, y después un pollo y dos melocotones y tres racimos de uvas y media libra de queso y una taza de té con aguardiente. Y de vuelta en mi casa, una hora después, creí que había llegado el fin de mi vida. Todos ¡Por Dios! Yo no puedo con tcuito, hube de decirle. ¿Qué? ¿Tampoco le gusta á usted la merluza? me preguntó la señora. ¡O come usted, ó perdemos las amistades! gritó el esposo; y me llenó la copa por sexta vez, poniéndomela delante; después dijo con voz imperativa: ¡Beba usted! -Pero. los obsequios de D. Lucas y señora se agitaban en mi estómago, produciéndome una revolución intestina que estuvo á punto de llevarme al cementerio. Desde entonces, cuando puedo dispensar algún favor, lo primero que hago es decir al favorecido: Ahí tiene usted lo que pide; pero procure usted no manifestarme su agradecimiento de ninguna manera. Luis TABOADA.