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521 tomando leche merengada con un hombre desconocido y un perro. Y abalanzándose á mí, me dejó en paños menores. Después me presentó á su señora, que se había puesto una chambra, para darme una prueba de franqueza, y luego me condujo al comedor, donde iba á comenzar mi martirio. -Pepa, gritó alegremente, saca la sopa. La criada se- presentó á los pocos minutos con ima sopera que parecía un pozo artesiano. -Ea, á comer, y nada, de ceremonias, dijo D. Lucas, cogiendo mi plato y vertiendo en él cuartillo y medio de sopa. ¡Hombre, por Dios! exclamé. ¿A dónde va usted con tanta sopa? ¡Aquí se viene á comer, porque en esta casa mando yo! ¿Cómo se entiende? ¿Ya usted á tratarnos con ceremonias? -i Pues no faltaba más! añadió la señora de D. Lucas. Pepa, trae una almohada para este caballero. ¿Una almohada? ¿Para qué? dije sorprendido. -Para que esté usted más blando. -De ninguna manera. ¡Yaya, replicó D. Lxicas, aquí se hace lo que yo quiero! Pepa la sirviente trajo la almohada, y yo tuve que sentarme encima, con lo cual resultaba colocado á metro y medio sobre el nivel de la mesa. Después de la sopa vino un estofado de carnero con patatas, y D. Lucas me hizo comer cinco platos. ¡No puedo más! decía yo con acento suplicante. ¡Si no come usted, me incomodo! contestaba él. -Será que no le guste á usted la comida, replicaba la señora. -Todo lo contrario. ¡No lo niegue usted! Estará usted acostumbrado á comer cosas más finas; pero no tenga usted aprensión, porque en esta casa -Será su marido. ¿Quién? ¿El perro? -No; el otro. ¿Conque es casada? -Sí, señor. -En ese caso, no tengo nada que decir; pero le aconsejo á usted que viva prevenido. ¡Las relaciones de esta clase suelen tener consecuencias terribles! Entonces tuve que convencer á D. Lucas de que no existían entre aquella señora y yo más lazos que los de una amistad pura y desinteresada. Él me pidió disculpa y se fué tan satisfecho. Dos días después volvió á mi casa para decirme: -Quiero que comamos juntos hoy, que es el cumpleaños de mi señora. No admito disculpa; á las siete le esperamos á usted. -Pero- -Nada, nada; á las siete. No aumentaremos ningún plato; usted es como de la familia Adiós. -Oiga usted -A las siete. Y echó á correr calle abajo, sin darme tiempo para defenderme. A la hora marcada entré en el domicilio de D. Lucas, que salió á recibirme en mangas de camisa. -Ya ve usted con qué franqueza le tratamos. Quítese usted la levita, que hace mucho calor.