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LOS OBSEQUIOSOS Yo he tenido la desgracia de hacerle ira favor á D. Lucas, y él, qne es agradecido como pocos, me colma de atenciones donde quiera que me ve. Si me encuentra en la calle, viene hacia mi con los brazos abiertos y me estrecha afectuosamente contra su corazón; si estoy en el teatro y entra él, no rej) ara en que ha empezado la función, y comienza á saludarme á gritos y á hacerme preguntas cariñosas. ¿Qué tal? ¿Sigue usted mejor? ¿Se le ha aliviado á usted el vientre? ¿Ha recibido usted el queso que le remití anoche? ¿Quiere usted que vayamos luego á tomar una copita? Los obsequios que me tributa aquel hombre agradecido llegan á producirme verdadero espanto, y yo huyo de él como de un toro. En cierta ocasión iba yo por la calle de la Cruz acompañando á una señora contemporánea de mi madre qae había venido á pedirme una recomendación para que le devolviesen un perro, y tave la desgracia de encontrarme manos á boca con D. Lucas. ¡Amigo del almal dijo, y me estrechó contra su seno, según costtimbre. Después clavó sus ojos en la buena señora, y dejando asomar una sonrisa picaresca, le dijo: ¡Quiéralo usted mucho, que es muy buena persona; usted no sabe la suerte que tiene con un hombre así! Ya me es usted simpática sólo por el hecho de mantener relaciones con esta personita. Abur, y que sean ustedes- muy felices. Don Lucas estrechóla mano de la señora, que se quedó como qxiien ve visiones, y yo no pude menos de decirla: -Perdónele usted. El pobrecito está loco. Al día siguiente D. Lucas entró en mi casa todo sofocado. -Los amigos son para las ocasiones, me dijo con acento cavernoso. ¡Sn amante de usted le engaña miserablemente! ¿Mi amante? -Sí, aquella que iba con usted por la calle de la Cruz. Acabo de verla en el café de la Luna