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NOVELAS RELÁMPAGOS EL RAMO DE ROSAS I -D a m e ese ramillete, Mercedes. -T e daré u n a ñorecita para el ojal. Mira, esta rosa. -N o todo él; me pertenece. Después de llevarlo t ú prendido en tu seno, no puede ir más que á mis manos. -I r á pero no ahora. ¿Cómo? ¿Por qué? v -t, Jjsparaste; te has puesto lívido. No, no te creas complace t u cólera; así he soñado yo siempre con ser querida. -N o esquives la respuesta; tus dulzuras no me sacan de mis zozobras. ¿Dudas de mí? -N o dudo, sé que me adoras; i ero, por lo mismo, me hace estremecer- cuanto se relaciona contigo. Tú no sabes todavía hasta qué punto te idolatro; te lo he pro bado en mil ocasiones. -L o sé. r -P u e s pruébamelo tú á tu vez: concédeme el ramo. -Concedido. -E n t r é g a m e l o entonces; no me desesperes. -A la noche, aquí mismo, en la reja. ¡Mercedes! -P e r o ven acá, hombre, ven acá. Mo lo han traído j) ara que lo luzca en la procesión. ¿Cómo justificar su falta á los ojos de la persona que me lo ha regalado? -Excusas, pretextos. ¿Yo peso menos que los demás en la balanza? ¡Ah, sé franca! No digas eso: di que ya lo has prometido, di que lo destinas á otro. ¿Tú piensas que yo no veo? Desde el baile del Casino- fa gw has cambiado por completo para mí. ¡Es claro, el juez es joven, apuesto, cortesano, elegante; acaba de llegar del maldito Madrid, que á todas os trastorna el juicio! -Continúa, acaba de martirizarme. vv ¡I n ú t i l disimulo! ¡Para él es el ramo! ¡Basta! Tu insistencia me ofende en mi dignidad. Iba á explicarte el misterio, pero no lo mereces; te diré sólo que te arrepentirás de tus palabras. Adiós. ¡Mercedes! Se fué ¡Pues no cedo!