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5- ípe w? s í! Ri s? í? i W TP l 513 La necesidad de dar variedad á los partidos les obliga con frecuencia á jugar separados, aunque raras veces el uno contra el otro; pero á pesar de las cualidades que muestran cuando no pelean juntos y de los grandes aplausos que saben arrancar en todas ocasiones, nunca se destacan aquéllas mejor que cuando juegan unidos, porque la maestría de Saturnino y de Pedro Echeverría adquiere extraordinario y atractivo relieve por el contraste que ofrecen los caracteres de los dos. Muchacho es el Ecuador, Tandilero el Polo; aquél, todo nervios y sangre; éste, un saco de linfa. Donde el primero prodiga á manos llenas, el segundo se muestra avaro; el uno. representa el desquiciamiento, el atropello; el otro encarna el equilibrio, la ponderación. El Creso dé Montevideo y el Harpagón del Tandil son, en suma, dos Echeverrías que no tienen de común sino el apellido, y parecen hijos, el Saturnino, de un ratón y de una sabandija; el Pedro, de un lagarto y de una línea horizontal. Quien quiera ver en el juego de pelota pecar por carta de más y por carta de menos, no tiene más que estudiar los juegos de los dos americanos, y verá á Muchacho seguir como un lebrel á la pelota, y á Tandilero esperarla como un musulmán. El primero, á la larga, aturde; el segundo, más serio, acaba por convencer. En Muchacho hay la brillantez y la sonoridad de un instrumento descabellado; parece Una tiple ligera del frontón, soltando vocalizaciones á diestro y siniestro. En Tandilero domina el cálculo y la sangre fría de la razón; es el tenor serio, demasiado serio, que canta reposadamente, mide los alientos y se reserva para no estropear las cuerdas vocales. Por eso Saturnino, enardecido por la lucha, se entrega con todas sus facultades en un bullir continuo, en un delirio de acción que seduce al público, mientras que el pelotari del Tandil mima á su brazo como á un tesoro y, atento á gastar los intereses, no toca sino con gran prudencia al capital. Como delantero. Muchacho es sumamente temible por su voluntad, por su coraje, por su vista y por sus piernas. Lo hace todo sin ser dueño de ninguna especialidad; sigue á la pelota á todas partes, tiene un enganche limpio, castiga y coloca y cubre mucha plaza. La falta de equilibrio que se nota en él, ataca á la resistencia; es cuestión de temperamento, y no hay enmienda posible mientras Muchacho no observe el aforismo surtout point trop de zele de TaUeyrand. Tandilero, al contrario, no arría en banda jamás; calcula sus fuerzas, defiende sus flacos, posee la juventud y el poder, una maestría admirable para servirse á la pelota, pega muy fuerte cuando entra á gusto, y si se mueve poco y avisa tarde y carece de la exterioridad comunicativa y vistosa de su compañero, tiene, en cambio, la imperturbable calma que le sirve para entrar á tiro hecho y no lanzar la pelota á tontas y á locas, como los tiradores de proyectiles qae se estilan hoy. Su juego es elegante y duro á la vez, rígido y serio; y si el pelotari no se congestiona pronto á causa del calor, y está de buenas, arrolla con su potencia y su seguridad al más pintado. De todas suertes. Muchacho y Tandilero son jugadores superiores, de reputación muy bien ganada, que cuentan con numerosos partidarios y serán siempre adorno de cualquier frontón. Me aseguran que se muestran sumamente sensibles á los arañazos de la prensa. Más vale así, porque eso demuestra que ambos tienen mucho amor propio, lo cual es digno de loa en estos tiempos en que los aduladores y los parásitos son capaces de endiosar al más modesto pelotari. La soberbia es patrimonio de los pequeños, y la humildad realza las grandezas. No lo olviden jamás los americanos. Amén. ANTONIO P E Ñ A Y GOÑI.