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508 peante, que de su atmósfera surge la (gacetilla de sensación que termina con puntos suspensivos, ó la estocada de honor que se cura con un mes de convalecencia en Niza. Ahora, por el contrario, apenas si por esos sitios transitan carruajes ni peatón L a inmensa fila de toldos multicolores y cortinas dan á las aceras plácida, aunq no completa sombra, y á las tiendas u media luz) que convida á dormir la siesta. ISTo hay encontrones, ni g r u pos, ni taconeos parlanchines) y el sol se enseñorea de la soledad de las calles, haciendo relucir las partículas de hierro que las herraduras y las ruedas van dejando en los guijarros, condensando la atmósfera hasta ponerla irrespirable, y obligando á los transeúntes á que apresuren el paso, con el sombrero en la mano á guisa de abanico, sin reparar siquiera en que algunas veces altera la monotonía de la recta de puertas medio cerradas la silueta blanca y vaporosa de u n a linda muchacha valenciana que se asoma á la puerta de la horchatería para verter el a g u a en que se remojan las chufas, agua que desaparece en el acto convertida en vapor al caer sobre el abrasado pavimento. r H O No hay duda, pues, que el invierno es la verdadera y agradable estación de Madrid. Entonces es cuando aparece elegante, risueño, opulento, sólo entonces) cuando se le mira cómo vive bajo el cielo ceniciento aletargado por la nieve ó la lluvia. P e r o puesto que el tiempo lo pide, vengan en gracia cortinas y transparentes. Bájese el telón que oculta e cuadro del Madrid en invierno. LÜ estación pasará, y cuando las ultimargolondrinas regresen perseguidas poj las primeras escarchas, y el teatro Real se abra para recibirlas, quizá te moleste algún día, caro lector, volviendo á estudiar la existencia de Madrid en los escaparates de las tiendas. ENRIQUE SEPÚLVEDA.