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MADRID DE VIAJE AL LECTOR Mi Madrid de viaje no sera un cuadro de género, ni siquiera un boceto. Será un compuesto de rasgos, de líneas y perfiles, de impresiones fugaces, de luz y de sombras, de apuntes para meditar, de títulos para escribir; pero á la ligera, á vuela pluma, como se vive y se escribe cuando se viaja en camino de hierro de cara al Septentrión. Así deseo que lo comprenda quien me dispense el honor de leerlo, y le suplico que llene los claros con puntos suspensivos. I POR LAS CALLES Lhardy echó hace tiempo la cortina á su escaparate tentador, porque es hombre metódico é inteligente. Su última sorpresa de faisanes coincidió con los albores del mes de Junio, y desde el día de San Segundo, el escaparate se niega implacable á las miradas codiciosas (hambrientas pudiéramos decir) de ciertos comensales de olfatOj perpetuos en aquellas aceras. En establecimientos de otro género de las calles de Espoz y Mina, Carmen, Príncipe, Alcalá y Puerta del Sol, se observa todos los años por esta época una imitación parecida. Quiere decir que el verano es la estación seca, la noche blanca de las tiendas de lujo. Se vari las golondrinas del gran mundo que nunca acaban de fabricar su nido, y los talleres de confección, que buscan el secreto de la vida en los escaparates de esas tiendas, y éstas, que se alimentan de los grandes almacenes, descansan, á pesar suyo, en obligado reposo. Si los escaparates fueran seres humanos, diríamos que se echan á dormir la siesta mientras dura el bxireo) de los viajes, la peregrinación de las aguas y el veraneo trascendental de los nervios femeninos. El contraste de nuestras calles) en invierno y erano es grandísimo. Tienen, mientras dura el frío, una fisonomía verdaderamente encantadora, u; n sta por completo á la triste y aburridísima que ofrecen en cuanto emj ieza el calor. Entonces, entre la mañana, que es siempre corta, porque aquí se madruga poco, y la noche, que llega de repente, la existencia del mundo elegante puede decirse que está en los grandes cuarteles) formados por las avenidas de la Puerta del Sol, de la Carrera, y de las calles donde reside el lujo de la exhibición. Hay un vaivén de carruajes rápido; un rodar no interrumpido por el arrecife de las calles; una impaciencia coquetona en las aceras; un fris- fris de seda y pieles; un taconear misterioso; unos encontrones casuales que dan mucho que pensar á los moralistas, y una animación tan sostenida, tan chis-