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503- -Pues entonces me voy á tomar la libertad de hablarle con franqueza. ¡Esa solución de usted es una cobardía! ¿he parece la palabra demasiado fuerte? -i Sus labios de usted no pueden ofender nunca! ¿Qué adelantaría usted con matarse? Añadir el crimen á una conirariedad de que no es usted responsable. Acepte usted la pobreza á que le condena la desgracia; trabaje usted; demuestre á los que le confiaron sus caudales que era usted digno de su confianza. La adversidad soportada con paciencia ennoblece; y no digo redime, porque sobre usted no ha caído una mancha. Quitándose usted la vida, da, por el contrario, motivo á las sospechas. Luisa, Dios le pague á usted su obral ¡Es usted una santal ¡Con sus razones me ha devuelto usted el valor y la serenidad I ¡Es cierto! ¡Es una cobardía no luchar! ¡Si supiera este hombre lo que yo escondo en mi corazón I ¡Dios mío! ¡A cada momento temo que me vendan la voz ó los ojos! III ¡Las sienes se me rompen: parece que me pegan en ellas con un martillo! ¡Desde anoche no consigo coordinar dos ideas! ¡Siento en mi cabeza el vértigo! ¿Pero es posible, Virgen Santa? ¿Es posible, ó es un sueño de ventura de la imaginación, que no quiere despertar? ¡El, Ecequiel, el hombre de moda, el elegante mimado de todas las bellas, el ex novio de esa estrella del gran mundo que se llama Laurita de Sandoval, enamorado de mí, suplicándome que l acepte sus relaciones! ¡Ah! ¡Lo que yo anhelaba, mi suprema dicha, que se me viene á las manos! ¡Y aún dudo! ¡Espíritu raquítico y mezquino! Pero... ¿y si es una burla? Yo soy una pobre jorobada. ¡No, le conozco bien: es incapaz de semejante infamia! ¡Sería indigna de un caballero tal broma! ¿Luego entonces es 13? ¡Me ama, me ama, y yo le idolatro con todo mi corazón! s IV Casi todas hemos bajado á despedirlos á la estación por curiosidad. Un I imonio tan cómico no vuelve á presentarse. ¿Y qué? -Pues nada, chica; que es incomprensible lo que le ha ocurrido á ese hombre. ¡Chifladísimo por su mujer! ¡Qué de mimos! ¡Qué de cuidados! ¡Qué de desvelos! Apenas nos ha atendido á ninguno. ¡Hasta la ridiculez, hija! Su memez ha llegado al extrerho de llamarla su ángel delante de todos. ¡Ángel á una jorobada! ¡Ji, ji, ji! -JSTo veo el motivo de tu risa, Enriqueta. ¿De dónde sacas tú que Luisa es jorobada? No, amiga mía, no: es realmente un ángel. ¡Ese bulto de la espalda son las dos alas, que lleva guardadas y recogidas! -I Ja, ja, ja! ALFONSO P É R E Z NIEVA.