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EL GLOBO Yo no sé explicar si sentía temor, ó s por el contrario, aquella emoción que ponía en tensión mis nervios ei- a producida por el atrevido proyecto que iba á poner en práctica. Elevarse de pronto sobre muchos miles. de personas; rebasar 1 su nivel; dejarlas achicadas por la distancia, hasta poderlas M comparar con un hormiguero, puntos negros que sobre la superI ficie se agitan y mueven, que resaltan como las luceeillas que I sobre el negro papel quemado surgen rápidas, y rápidas des 4 ij aparecen llenar los pulmones de un aire no enrarecido, ni por r la pérdida de oxigeno que otros consumen, ni viciado por los i hedores de una sociedad corrompida llena de lacerías, llagas soi; j cíales que invaden el organismo soh ¡fli cial, es un proyecto que en sí tiene í mucha atracción, mucha grandeza, I que subyuga y sublima. Hacía mucho calor aquella tarde. Eljardínestaba lleno. En las sillas formaban abigarrado conjunto la combinación de colores, la profusión de lazos y cintas, las flores con que hermosísimas mujeres añaden atractivos á sus abundosos y bien colocados cabellos; multitud de soles, que soles son los ojos de nuestras compatriotas, lanzaban rayos de luz sobre la caldeada arena, En la gradería es aún más abigarrado el conjunto; menos armónico, pero no menos admirable. Hay una variedad de rostros, de trajes, (le clases, de sexos, que encanta. Junto á la joven de ensortijados cabellos cogidos á la griega sobre la nuca, envuelto el rico pañuelo de Manila de fondo blanco ó rojo, cubierto de llamativos bordados en un talle esbelto y airoso; de manos algo curtidas por el trabajo, pero íinas siempre, agitando él abanico, que tan excelentes servicios presta á los enamorados, se ve al joven artesano, de sombrero ancho cordobés, chaqueta corta y pantalón ajustado negros, chaleco escotado, luciendo estrecha corbata de seda y bien almidonado percal de color ú holanda como el ampo de la nieve, ó el atezado rostro del trabajador del campo, que en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro sonríe con aire sencillo y admirado, como extrañándose de todo aquel bello panorama que á sus ojos quebranta la monotonía del olivar ó del haza, donde las operaciones agrícolas los llaman, sin otros soles que el que calienta la tierra y aviva la germinación de las plantas, sin otras armonías que las que produce el agua en sus mansas corrientes, el aire al agitar las ramas ó los tallos de los arbustos y cereales, y el cántico de los pájaros. ¡El globo! ¡El globo! Y el monstruo de lona se esponja y aumenta de volumen, como puede sucederle á cualquier hombre de mediano criterio que la multitud halaga y por su audacia logra escalar un puesto inmensamente mayor que sus merecimientos.