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VILIMMIL Y EL NAUTILÜS Cuando á mediados de ííoviembre de 1892 el Nautilug salió del Ferrol para dar la vuelta al mundo, llevando á bordo al comandante D. Fernando Villaamil, al segundo, D. Joaquín Barriere, seis oficiales de guerra, medico, capellán y contador, cuarenta guardias marinas, ochenta aprendices de contramaestre, cinco contramaestres, ochenta y cinco marineros y la maestranza correspondiente á un buque de vela; cuando aquellos trescientos valientes se hicieron á la mar, después de haber colocado al barco y la tripulación bajo el amparo de la Virgen del Carmen, la prensa de Madrid anunció! a salida del clipper lo mismo que hiibiese anunciado la salida de un Pérez ó de un García cuales (juiera para las posesiones de Villacernícalo ó para las aguas de Villamelón. Trescientos ciudadanos españoles que, al mando de un admirable hombre de mar, abandonaban sus hogares para servir á la patria, afrontando todo linaje de peligros durante año y medio, representaban poca cosa comparados con la infecta bazofia de la cocina política ó con el más insignificante crimen de los que sirven á enganchar el perro chico, en alas de los Vidocq, Monsieur Clandey demás genios policiacos que son flor y nata del periodismo í -actual. Emprendió, pues, su viaje el NautiluSjy por ahí anda hace ocho meses dando tumbos y bandazos, de los cuales no tendríamos la menor noticia si El Imparcial no publicara de vez en cuando interesantísimas crónicas de á bordo, merced á las cuales sabemos que existe el clipper de guerra español y va realizando su viaje en óptimas condiciones. Ha hecho hasta ahora, según mi cuenta, siete travesías: del Ferrol á las Palmas, de aquí á Bahía, de Bahía al Cabo de Buena Esperanza, del Cabo á Melbourne, después á Sidney, luego á Nueva Zelandia, y de Nueva Zelandia á California, tocando antes e i las islas de Sociedad. En estos momentos estará tal vez al ancla en el- Ca. m. 1 llao, haciendo la recalada después de bajar las Costas occidentales de América, para dirigirse á Valparaíso, montar el pavoroso Cabo de Hornos y entrar en el Atlántico, ara dar fondo en Santa Elena, la última mansión del gigante encadenado por los ingleses, la tumba del gran Napoleón. Y quedarán todavía al JVautilus cuatro travesías: Nueva York, Plimouth ó Falmouth, el Havre ó Cher- burgo, el Ferrol ó San Sebastián, donde rendirá el -r J! ¿jl