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ÜS NOVENTA DE TREVIÑO (LANCÉEOS DEL BEY, 7 JULIO 1875) De ia magnitud do nuestra hazaña nos enteramos al día siguiente, cuando allá en la Puebla de Arganzón lavábamos las banderolas do nuestras lanzas, negras de sangre, y veíamos sacrificar á los caballos mal heridos en la refriega. ¡Pobres caballos! Ellos habían sido los héroes, los verdaderos he roes. Sin más es tímulo que su noKe instinto de obediencia, ni más razón que el miedo al acicate, se lanzan á la carrera en una carga, presentando á los fusiles enemigos los sudorosos pechos cruzados del pretal, y arrollando con su mole enorme al enemigo plantado, lo mismo que al enemigo que escapa. Nosotros no tenemos más que asegurar las piernas, soltarla brida y dejamos llevar. La lanza, asegurada sobre el costado, atraviesa por su propio impulso al enemigo; cuando el brazo se rinde ó la moharra se embota, no hay más que golpear con el regatón en los cuerpos caídos, ayudando á la faena destructora de las herraduras, que si no cogen cuerpos humanos, arrancan los tomillos do raíz y arrojan á muchos metros las piedras del monte, que al saltar dejan en el suelo elípticos y amoldados alveolos. A decir verdad, aquella tarde, cuando á retaguardia del ejército descansábamos pie á tierra en una hondonada formada por el monte bajo de Zumelzu, distábamos mucho de pensar que media hora más tarde íbamos á salvar á toda la brigada de las garras de la facoióí) decidiendo la victoria de nuestra parte é impidiendo que los voluntarios de Pérula cortaran aquella línea de 85 kilómetros que marchaba paso á aso sobre Vitoria en el movimiento general de avance ideado por Quesada para caer sobre la capital alavesa. nosotros formábamos la extrema izquierda, mandada por el brigadier Tello. A la derecha, jíero á mucha distancia de nuestra pequeña división, avanzaban también las brigadas de Loma, de Arnáiz, y por último, la de Pino, que era la más apartada. Ija brigada Alarcón seguía á retaguardia el movimiento general de avance. Nuestra marcha á través de la sierra de Tuyo era penosa y accidentada en extremo. Los infantes de Tjogroño y Soria caminaban delante, el hombro rendido por el portafusil, el ca pote recogido por las puntas, la polaina vuelta sobre el empeine. Nosotros g marchábamos detrás al paso, rendidos de calor y de sed. Las lanzas, y plantadas en la cuja y sujetas al brazo por la correa, echábanse hacia atrás como desmayadas y dejaban caer las pequeñas banderolas como lenguas sedientas; nuestros cascos y las caponas de los oficiales parecían tener luz propia al ser heridos por los rayos del sol; las levitas negras picaban como sinapismos; algún caballo sin jinete arrojaba su sombra en el camino, y así mirado semejaba á un camello por la doble joroba que levantaban en sn lomo el cubrecapote y el maletín de grupa. Emprendido el fuego por las guerrillas de vanguardia, se nos mandó aguardar en la hondonada, y sólo veíamos allá á lo lejos menudear más y