Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
recia del Ingenioso Hidalgo, -pálido como un difunto, dejaba asomar á sus ojillos grises u n relámpago de cólera, y prorrumpía en un terno seco y redondo como las balas rasas, que en más de una ocasión habían chamuscado sus grises y lacios bigotes. III Y á él fué á quien debimos el desquite que con t a n t a impaciencia como justicia aguardábamos. U n a tarde, allá de los fines del invierno, comenzó á cundir el rumor de que para la mañana siguiente se preparaba una gran batalla, y antes de que la noche cayera vimos confirmada la noticia con la presencia entre nosotros de todo el Estado Mayor general, que no se daba punto de reposo en lo de dictar ordenes y en lo de hacer ir á los edecanes de aquí para allá con la celeridad del rayo. Kuestro coronel no tuvo esta vez paciencia para esperar instrucciones, y dirigiéndose al sitio en que estaba el general en jefe, le jDidió unos momentos de audiencia para suplicarle le concediera al regimiento el honor de ocupar al día siguiente el sitio de mayor peligro. Según supimos después, el general le escuchó, en apariencia, un poco contrariado por el atrevimiento; pero tal vez, en realidad, satisfecho de sus loables propósitos. -E l plan está trazado ya y las fuerzas distribuidas, le contestó. P o r esta vez, Borbón ocupará la segunda línea de retaguardia. Pero descuidad, que- no faltará ocasión otro día para que puedan r lucirse los señoritos. E l coronel se puso encendido como la -grana. Aquel apodo dado por el general á sus soldados le quemó las mejillas como un hierro candente. Quiso contestar, pero la voz se le heló en la garganta, y sin lograr otra cosa que llevarse torpemente la mano á la visera del casco, amostazado y mohíno se volvió al sitio en que nuestros trompetas tocaban ya á botasillas. IV Seis horas largas hacía que la batalla estaba empeñada, y nosotros, no tan sólo no nos habíamos movido del pequeño ribazo en que se nos había colocado desde el amanecer, sino que teniendo delante una espesísima nube do luimo, no veíamos más que los altos y estrechos morriones y las casacas azules del regimiento de infantería de Saboya, que era el que cerraba la línea de reserva. P o r fin, á cosa de las dos de la tarde nos sentimos más animados. Algunos proyectiles caían cerca de nuestras filas, aunque sin alcanzarl as, y eso nos hacía presumir que no t rdíTrían en sacarnos de aquella forzada é insoiiortable inacción para dar la última mano á una jornada en que habría gloria para todos. Poco después la triste realidad se nos mostraba en toda su desnudez. Lo que habíamos tomado por ordenado movimiento estratégico de las tropas leales no era más que una descompuesta retirada. P o r si no nos hubiera convencido de ello la actitud de los dos regimientos de infantería que teníamos delante, el viento, barriendo por un momento las nubes de humo, nos dejó ver toda el ala izquierda de la vanguardia á punto de ser copiada por la facción, que cargaba sobre ella con el entusiasmo que da la seguridad de la victoria. Todavía esperamos algunos momentos á pie firme. Pero de pronto nuestro coronel agitó su mano con movimiento nervioso y gritó con voz de trueno: ¡A ellos, muchachos! ¡Viva la P e i n a! Y como alud que rueda de la montaña al llano, el regimiento entero, arrollando cuanto encontraba á su paso, dio en lo más recio de la pelea. V Ya era tiempo. E l segundo escua lrón de Albuera, cuyos soldados se habían batido como leones, estaba á punto de rendirse. Su estandarte había caído ya en manos de los partidarios del Pretendiente, y ni u n solo oficial quedaba á caballo.