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LOS S E Ñ O R I T O S (EPISODIO DE 1 SS 6) I La verdad es que había razón para que estuviéramos orgullosos. Aparte de que en toda a caballería tanto de línea como ligera de la división á que pertenecíamos, no había cuerpo alguno que pudiera compararse en marcialidad y gallardía con los cuatro escuadrones de que constaba el regimiento de Borbón, la pulcritud y limpieza de los uniformes de los jinetes y la brillantez de los arreos de los caballos rayaba en lo inverosímil. Cuando se nos mandaba formar j) ara revistarnos, daba gozo ver aquella masa de casacas amarillas con vueltas azul celeste, tersas c impecables, como si acabaran de salir de manos del sastre, y sobre las que, lo mismo las granadas de metal blanco que adornaban cuello y faldones, que los botoncillos de! a misma materia, sobre que se destacaba el número 5, parecían hechos de la más bruñida plata. ICs más, sin que esto sea jactancia: fuera casualidad de la suerte, ó que de intento se hubiera hecho una escrupulosa selección, lo cierto era que ni en oficialidad, clases ni soldados, se hubiera hallado en todo el ejército más igual ni más acabada colección de buenos mozos. Tal vez contribuyera á hacerlo ver así el acendrado cariño que sobre todo al segundo escuadrón, que era a! que yo pertenecía, profesaba; pero, pasión aparte, cuando el viento agitaba las colas de caballo que pendían de los cascos de suela con cimera de latón que adornaban nuestras cabezas; cuando se oía el metálico son de los sa- bles al salir de las vainas de hierro, ó un rayo de sol (arrancaba argentada chispas, tanto de nuestras charreteras como de las chapas de las foimituras, no podían menos de sentir envidia los otros cuerpos, no explicándose cómo se hacía compatible un aseo que ya rayaba en el atildamiento, con las penalidades de una campaña que, aquel año sobre todo, se hacía dura de veras. Mas ¡ay! como siempre la envidia ha sido mala consejera, lejos de estimular aquel exaí erado cumplimiento de uno de los preceptos de la Ordenanza, no tardó en hacérsenos blanco de las pullas de todos; y crej endo, mejor dicho, aparentando creer que sólo para acicalarnos y componernos servíamos, nadie perdía ocasión de zaherir nuestro amor propio, llamándonos, en son de burla, lo señoritos. No quiero suponer que nuestros generales partíci aran de aquel menosprecio con que se nos miraba; pero lo cierto y verdad es que desde que habíamos pasado á formar parte de una de las divisiones que operaban en Navarra, ni por casualidad una vez se nos había dado ocasión para reanudar aquella gloriosa serie de hechos de armas que tan alto renombre nos había conquisfado en el ejército del Centro. Los desafíos, eso sí, menudeaban tanto, que tuvieron que dictarse severísimas órdenes para atajar nuestros abriera bríos; pero, después de todo, el que un oficial de Borbón pasai a un brazo de una estocada, ó abri (la cabeza de un sablazo á tm húsar de la Princesa ó á un ligero de Albuera ó de Vitoria, no impedía el que, apenas asomaban por los lejanos cerros las boinas blancas de los facciosos, todos dijeran: -Ya se les presenta otra ocasión á los señoritos de ver tranquilamente cómo los demás nos rompemos los huesos al grito de ¡Viva la Constitución! ¡Yiva la Reina! Tales cosas, como es de suponer, se decían siempre en voz bajá, pero algunas veces no tanto que no llegaran á nuestros oídos. Por cierto que cuando esto último sucedía, era de ver cómo nuestro coronel- -que no tanto en lo amojamado y anguloso del rostro como en lo recto y caballeroso de su natural, trasunto vivo pa-