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482 via á retaguardia, pero melancólico y caído, como quien llora ausencias; y no distantes de ambos camaradas marchaban los demás caballos, verdaderas flautas, según la gráfica frase del gitano. Algunos mozuelos, provistos de luengas varas, acompañaban la comitiva y daban ánimo á los jamelgos rezagados. Pero la carrera no fué larga, y nuestros caballejos viéronse muy pronto en el ancho pasadizo circular de un edificio cuyo aspecto no fué nuevo para Légaña. Desmontaron entonces los jinetes, y nuestros dos amigos quedaron sujetos por la brida á sendas argollas, mohínos y silenciosos, como quien no acierta á darse cuenta de la situación por que atraviesa. Oían un extraordinario griterío, y á intervalos los acordes de una música; contemplaban singular trasiego de hombres y caballos, y no dejaba de preguntarse Galante cuál sería el objeto de tal viaje y de tal zambra. Mas he aquí que de pronto suena un clarín, y cinco caballos son sacados del pasadizo. Galante se arrima á Légaña, y Lagaña mira á Galante con ojos mortecinos. Parece como que presienten un gravísimo peligro. ¿Sabes, amigo, que esto me huele mal? dice el heroico caballo de Zaragüeta. ¿Por qué se los llevarán? Légaña no contesta; pero un caballo alto, seco y cubierto de alifafes, que está próximo á él, cuida de satisfacer á Galante. -Valdría más que lo ignoraras, pobre camarada. Esos van á morir en las astas del toro, y si el bicho no les hiere de muerte, ó se utilizan para otra corrida ó se rematan no lejos de este lugar. ¿Te asustan mis palabras? l ues aquí me tienes como ejemplo de la ingratitud y de la crueldad humana. Dos veces he manchado con mi sangro el redondel, y ni mis heridas ni mis achaques me librarán de una muerte segura y desastrosa. ¡Más valiera perecer en un campo de batalla Afortunadamente, cuidan aquí de vendarnos los ojos, y de este modo ignoramos la distancia que nos separa del peligí o. ¡Qué barbaridad! dijo Galante. es posible que de semeíante modo se paguen nuestros servicios -Y tan posible, que dentio de un momento verás sobre mis espaldas la silla ensangientada del que acaba de morir. ¡Llegó nuestra hora, amigo Légaña! murmuró con acento lastimero Galante. ¡M e lo temía! contestó Palomino. Y lo que más deploro es una muerte tan vergonzosa. -Pues si de ésta escapas, la que te espera no será mejor, replicó el de los alifafes. Y el caballejo tenía sobrada razón, porque Legaña y Galante murieron en espectáculo, á los acordes de la música y entre los aplausos de la multitud, mientras que él, flaco y miserable, fué á parar como desecho á un criadero de sanguijuelas, y tuvo allí el fin más cruel que puede darse al más noble y generoso de los animales. Pero nadie supo que en la lista do caballos de. -ipaoliado. i aquella tarde figuró el del heroico capitán Santiago Tréllez. muerto gloriosamente en la acción de Zaragüeta, y como éste, herido en lo más recio de la pelea. FiiANoisco (D l B U O S 0 L OETA) BARAüO.