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V é M U E R T E DEL C A P I T Á N T B E L L E Z E K LA ACCIOÍÍ D E ZAEAGUBTA regalado y reluciente como opulento poltrón? ¡Ay, amigo mío 1 Para descender hasta aquí he tenido que sufrir pruebas muy rudas. La silla del hortera enriquecido, el coche alquilón, la carroza fúnebre, el carromato, la humilde carreta todo ha pasado por mi y ha pesado sobre mi. ¿Te quejas de la suerte? ¿Quién de nosotros puede trocarla á voluntad, ni puede asegurar que alcancemos peor destino? -Eso me temo yo, dijo Galante con aire resignado; y desde luego opino que este negocio presente no lleva muy buenas trazas, porque es grande la bulla, y quizás el juego sea de pocas tablas. Ya ves tú ¡carreras á nuestra edadl- -O alguna cosa peor, que nuestro arreo es muy poco lucido. -No me hables de eso. Légaña. Cuando recuerdo mi elegante silla inglesa, y juzgo, por la tuya, de la que ahora llevo puesta, digo te que nada bueno auguro del que tenga la humorada de montarnos. Abiióse con estrépito una desvencijada puerta, y los rayos de sol iluminaron á un Hércules vestido de oro y colores, cubierta la cabeza por un sombrero de fieltro blanco y ceñido el talle por ancha faja de seda. ¡Vaya una aíiiía. dijo aproximándose á Légaña y dándole una palmada en las ancas. -Pa lo que ha de servir contestó una voz aguardentosa allá en la sombra. Y sin más preámbulo, puso el Hércules un pie en el estribo, levantó la pierna derecha y cayó pesadamente sobre el jamelgo. Igual operación efectuaron en los restantes caballejos otros tantos personajes como él, de traza agitanada, charro vestido y pesados movimientos, que por el portalón habían desfilado. ¿Están ya todos? gritó el que parecía jefe de aquella, tropa. ¡Pues en marcha I Entonces abriéronse de par en par las hojas de la puerta, y uno á uno f on desfilando los jamelgos y sus jinetes, entre los gritos y algazara de la multitud. Galante iba á la cabeza, y aunque muy derrotado y miserable, todavía J- trataba de gallardearse, recordando los buenos tiempos de su vida militar. Legaría, se mo-