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EL CABALLO DE GUERRA La carga dada por el escuadrón de lanceros fué brillante, y gracias á ella pudo rehacerse la infantería y conquistar la posición. Desgi aciadamente, las bajas íneron nnmenisas, y enere los jinetes hay que contar la del capitán D. Santiago Tréllez, muerto gloriosamente en lo más encendido de la pelea, en ía que, lo propio que su caballo, recibió numerosas lieridas. (Parte oücial de la acción de Zaragüeta, el 22 de Enero de 18 N la semiobscuridad de la cuadra, pucia, estrecha y poco ventilada, apenas si la vista podía distinguir la fila de escuálidos jamelgos que, con la cabeza hundida en el pesebre, esperaban la hora del sacrificio. Por los angostos ventanillos abiertos á gran altura del suelo, y por las rendijas de las mal unidas tablas, escapábanse hilos de luz, en los que- jugueteaban moscas y arañas; gritos alborozados, cantos y blasfemias propios de chalanes y gente de cuadra, música lejana y repiqueteo de campanas, algo asi como anuncio de fiesta y de jolgorio. Allá en el fondo oíase sólo el triturar de la paja, el golpear de la herradura contra los guijarros, y tal que otro apagado relincho. Aquellos escuálidos caballejos, reunidos por azares de la suerte, eran la personificación de la ancianidad maltratada por los años y por la fortuna. ¡Con qué satisfacción reposaban en la sombra, acariciando con su cabeza la cabeza del compañero! ¡Qué tristeza se reflejaba en sus ojos cuando la levantaban buscando el rayo de luzl AUi estaban Brillante y Cascabel, famojos caballos cuyos nombres sonaron en los círculos hipicos y se leyeron en las crónicas del sjiort; Magnifico, el hermoso alazán que ocupó puesto de honor en las cuadras de Durdham; Palomino y Légaña, corceles distinguidos por su belleza en el brillante escuadrón de la Guardia, y allí se hallaba también Galante, el viejo caballo de guerra en cuyo cuerpo dejó el plomo honrosas cicatrices. Galante y Légaña, por razones de vecindad, intimaron desde el punto y hora en que entraron en la cuadra. Sus desdichas ¡ayl eran casi las mismas, las desdichas del que lucha como bueno por la vida y cae abandonado por el olvido, el egoísmo y la ingratitud; y era también casi la misma su historia militai- una historia brillante, en la que se registraban no pocos días de fatiga, pienso escaso, largas noches de vivac y bastantes funciones de gueri- a. No dice la crónica si pertenecieron al regimiento, pero ¿cómo es posible que dejen de reconocerse á simple vista dos veteranos? ¡Ay, amigo Légaña dijo Galante, lanzando un relincho; qué vida, qué vida ésta tan desdichada! Temiéndome estoy que no he de resistirla mucho tiempo. El tiro ha concluido con mis energías; tengo desolladas las carnes, dolorido el pecho, nublados los ojos. De mis Jomoí hacen merienda las moscas, y con mis huesos su agosto los chalanes. El trato es cada vez más duro, el pienso ca la día más corto. Y menos mal, que hoy nos cabe en suerte un pesebre bien repleto, ¡iorque á duras penas puedo sostenerme Pi esto se prolonga, ¿qué será de noíotros? -Paes trazas lleva de durar, mientras quede sombra de alientos para la fatiga. ¿Ignoras acaso lo que es la vida del caballo una vez puesto á pública subasta? ¡Ojalá lo ignoraral replicó Galante, ile basta recordar la noria que pausadamente movía bajo el verde parral de la huerta; el alegre rumor del agua, recogida y soltada por los canjilones; el cantar de los pájaros y de los campesinos; el pesebre bien abastecido, y el trabajo rutinario y agradable. Porque has de saber, amigo Légaña, que así pasé todo nn año, año feliz, en que llegué á olvidar la vida del cuartel, tan animada y atractiva; la vida de campaña, tan variada é inquieta; el toque vibrante del clarín y el aire vivo de la carga; el trueno del cañón y el eco de la fusilería; el trato franco y cariñoso del soldado; pero vinieron malos tiempos. La filoxera atacó las viñas y la langosta los sembrados, cesaron los cantos, menguó la paja del pesebre y cierto día una mano extraña cogióme del ronzal y me llevó lejos, muj lejos, pese á mi querencia á la fresca sombra de la noria, á las carreteras primero, á tirar de desvencijada diligencia; á la ciudad después, á resistir las carreras del coche de alquiler. Largos viajes antes por interminables y polvorosas carreteras, mucho correteo ahora; y aunque la paja no escasea, mucho látigo también. -Poco mundo has corrido, compadre Galante. Echas de menos las pacificas tareas de la noria, y encuentras de más la fusta del auriga. ¿Qué dirías si, como yo, hubieras sido el caballo favorito del regimiento, conquistador del premio en las carrera aclamado por la multitud, reproducido por la fotografía y el grabado, en suma, el caballo á la moda; mimado,