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474 el desarrollo de sus admirables cualidades, ágil, fuerte, atlético, dando duro, rompiendo la pelota con un látigo aterrador, mostrando una codicia, acometiendo con tal ímpetu y dominando de tal suerte á sus compañeros todos, que más que jugador de pelota i irecía realmente un baratero de frontón. La admiración, el asombro que produjo aquella barredera no puede describirse. Desde entonces Irün continúa arriba, dominando, y su incomparable bolea, que constituye en la cédula del pelotari una seña particular, no ha sido alcanzada por nadie y forma la personalidad inalienable del gran jugador. Es una bolea limpia, ancha, si puedo expresarme así; de una grandeza inexplicable, que despide la i elota como un ariete, ayudada por el brazo, la cabeza y los hombros, á pie firme, y comunica á la ju jada cierta plasticidad grandiosa: una bolea, en suma, en la cual la fiereza y la gallardía, el poder y la elegancia se dan la mano, y revelan á i: n tiempo, en armonioso conjunto atractivo, el alma y el cuerpo del jugador. Tengo que apelar á las grandes síntesis para no rebasar el espacio que me asignan en BLAXCO Y IÍEGRO, por lo cual no puedo entrar en digresiones ni sacar punta al juego de Juan José. Ad- emás de la bolea, que hoj maneja Irán en todas sus variedades y le sirve para hacer á voluntad el juego largo y corto, con los múltiples recursos que ambos presentan, tiene el famoso pelotari una cualidad predominante c impagable por los tiempos que corren: el amor propio. Cuando gana un partido, lo gana el; cuando lo pierde, lo ha perdido el zaguero. Y no hay quien lo saque de ahí. Si las cosas van mal dadas y precisa alguna concesión, el hombre da la culpa á las pelotas, y no hay más qne hablar. Da modo que, unas veces por los zagueros y otras vece, s por las pelotas, los partidos se pierden y se salva Inin. Sus zagueros rabian que es un portento, y si las pelotas hablaran, tendrían que oir; pero Juan José sigue en sus trece diciendo: Perezcan las colonias y sálvense los principios y se saca á sí mismo incólume de cualquiera derrota. No seré yo quien le censure, que en las luchas de amor propio vale más pecar por exceso que por defecto, y eso demuestra bien á las claras que Irún es pelotari á quien, si puede desvanecer á ratos la soberbia, no acomete nunca la falta de pundonor. Lo cual justifica su envidiable renombre y el sinnúmero de admiradores que le colma de aplausos en los frontones y tiene depositada una confianza ciega en la maestría y poder del célebre pelotari. ANTONIO ÜN BUEN MOZO, mum mum -F s f i n d í) UDVÚÍP. II. cóii: o no t e metes en la g a r i t a? -P o r lo do) c: ibo. ICn tu I üüs luisti mi COI I en J a n t e PEÑA Y GOÑT. miste oómo n n rahn. t Vj