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JL J L V I X La verdad es que no sé qué decir de Juan José GorostegTii, despuxís de lo que escribí hace años acerca del famoso jugador. Y si no fuera porque BLÁKCO Y NEGEO me ha encargado estas microscópicas semblanzas, sería cosa de recomendar á ustedes la adquisición de un libro titulado La pelota y los pelotaris, donde hay detalles y circunstancias que omito forzosamente aquí. Pero como los autoreclamos están malquistos, teng- o que renunciar á tan sabroso medio, y hablar de Irún, aunque lo que pueda escribir ahora sea paráfrasis de lo que dejé consignado anteriormente. El gran pelotari sigue ocupando en los frontones preeminente lugar, y hoy, como antes, es una de las figuras más gallardas, más salientes y simpáticas del poy- t vascongado. En el juego de pelota, lo misuio que en el toreo y en uantos ejercicios requieren fuerza, destreza y agilidad mezcladas con cierta dosis de arte, el mérito estriba rincipahnente en llegar á poseer lo que pudiéramos ¡amar estilo propio, un modo característico de jugar ue se diferencie del do los demás pelotaris y presente alguna cualidad especialísinia, como las señas particulares que el individuo exhibe cual rasgo distintivo en las cédulas de vecindad. Irún es de ésos; tiene individualidad propia, cualidades sobresalientes que le han hecho alcanzar la meta del pelotarismo moderno y figurar en él como uno de sus más conspicuos representantes. Cuando, hace cinco años, le veíamos jugar en San Sebastián como pelotari de segunda fila, notábamos en él facultades en germen que el aturdimiento de los pocos años y la falta de práctica dejaban en la penumbra. Se marchó á Buenos Aires y volvió al poco tiempo transformado. Vimos entonces que el pelotari que al emprender su viaje ee mareaba en el frontón, había adquirido, al regresar, el pie marino; vimos que el matador de toros que vacilaba ante la cara de las reses, había tomado el terreno de matar. La larva se había hecho mariposa, y Juan José Gorostegui se presentaba inopinadamente en todo