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FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON EMILIO MARIO ACE bastantes íiiíos, allá pur el 56, cuando on los corazones de los madrileños ardía el sacro fuego del entusiasmo por la libertad bajo el uniforme do la Milicia, encontrábase destinado en las oficinas de la Dirección de Carabineros un joven bien portado, de excelente letra, muy listo, según opinión unánime de jefes y camaradas, exacto cumplidor de sus debeles, y el que reunía unas circunstancias cu extremo singulares. Por las noches, en ven de matar sus ocios en el café, se dedicaba á la escena, y desprovisto de sus arreos militares, representaba comedias en el teatrito del Instituto, con harto contento del público que asistía á tal lugar, y entro los aplausos de sus compañeros. á los que regalaba billetes. Transcurridos siete lustros, vcse todos los días salir de un hotel de la calle de la Habana al mismo muchacho de los tiempos de la Milicia convertido en un aristocrático señor entrado en años y en carnes, con ciertos dejos de duque en la persona, vestido con elegancia, pero siempre sencillo y natural, sin afectación alguna, y con la cara afeitada en absoluto. Tan espléndido caballero dirígese en coche ó en tranvía á la Comedia, y al llegar al teatro, los revendedores le saludan con el sombrero, en la mano y los portoíos abren de par en par las hojas do gutapercha de la entrada para que paso. El maduro lord de hoy es el mismo carabinero de ayer. Entonces tenía un nombre humilde y obscuro; ahora goza de un nombro popular: so llamaba, y se llama para el arte, Emilio Mario. Le os deudora la escena española al actor insigne de una de las circunstancias que más avaloran las cxtranjei as, y (lue el ha logrado implantar en la nuestra, dando la norma á todos los teati os on tan vitanda cuestión: la propiedad en el decorado. Ya, fuera de España, habíase llegado á la más escrupulosa verdad en las tablas, y todavía continuábamos aquí sirviendo á la vista del público pollos de cartón te por cerveza. Emilio Mario rompió contra semejantes convencionalismos, y en fuerza de estudio, paciencia y dinero, ha conseguido que las obras representadas bajo su dirección resulten verdaderos cuadros tomados de la realidad, con todos sus característicos detalles: el natural mismo. Después de visitar al gran actor en su domicilio, compréndese su prurito por cuidar de la verdad en la escena. Xo no he visto despacho más lleno do muebles, más abai rotado de cosas. Es una estancia á la moda, modeinísima; un verdadero bazar. Un biombo cortando la vista ante la puerta de enti ada; á su amparo, un di án, el que coi ona un friso de madera fina que es una maravilla de talla, y sobre el friso, bronces, porcelanas, barros cocidos, escayolas, mármoles; cerca, la mesa italiana con su frailero de clavos blancos; al frente, un espejo de gran tamaño que baja hasta el suelo, y entremetidos en su marco, y detrás de una fila de plantas do salón, centenares de retratos formando abanicos; un vargueño, una estatua, juegos de fumar; las paredes, cubiertas de cuadritos al óleo; por todas paites mayólicas, objetos de fantasía; la habitación, pequeña; la luz, atenuada; el tono de las telas, oro viejo. Por donde quiera que se tiendan losojos, un aluvión de picciosidadcs, pero acumuladas con el bello desorden do que hablan los estéticos, revolando un tino en las combinaciones, en los conti astcs, en los grupos, una escrupulosidad en el estilo, que no tolera nada que no sea ajustado á la más estrecha armonía. La pulcritud do la escena no es sino un reflejo do la pulcritud de la casa; denota on Emilio Mario lo que pudiera llamarse una susceptibilidad artística extremada hija de un buen gusto puritano hasta la exageración, y hace sosi) cchar cjue á el, primero que al público, satisface con el exquisito cuidado do la escena. Poro el tal despacho, con ser un encanto, no constituyo lo (jue pudiera denominarse la joya do la casa. Emilio Mario, como legitimo premio á una honrada vida consagi ada al trabajo, vivo hoy en un hotel propio; la fama le ha cubierto de gloria, poro á la vez, portándose con el carino de una madre, le ha hecho una posición. Desde la calle no se advierte nada de particular en la morada del gran aotoi mu: os de ladrillo; una tapia cercando un jardín; nada de las mansiones parisienses, aéreas, esbeltas, entro verjas doradas, con relieves de escayola y techos de pizarra; más bien, por el- contrario, algo de granja de recreo á la inglesa. Pero dentro está lo mágico, á manera de lo que acontece en la Alhambra granadina, que nadie adivinaría, entre sus paredones ruinosos asaltados por la hiedra, las maravillas que esconde. En cuanto descubrí tal paraíso, quedó elegido para sor fotografiado. Precisamente me confesó el gi- an actor que era la estancia predilecta de la familia en invierno. Allí almuerzan muchas mañanas. ¡Como quo habitar en ella os vivir dentro de un rayo de sol! Es una galería de bastante longitud, ancha, con ventanas al paseo, y un costado de cristales que da al jardín. Toldos y cortinas de lona cubren los huecos; descorridos, cae sobre la estancia una ofuscante lluvia de luz. Un alto zócalo de azulejos recorre los muros, que están pintados de rojo. De rojo cuero son las sillas, y de bayeta roja los pedestales de los tibores asiáticos, quo alternan con las orientales plantas de salón, de profusas y agudas hojas. Entre las ventanas, estantes rojos con pies de doradas tallas cargados de figuritas de china, do barros menudcs, de mayólicas. Una larga mesa en el centro, el tablero de la cual desaparece bajo un tropel do tiestos que constituye un tapiz de hojas y flores; faroles japoneses colgando del techo; diseminados por la habitación mesitas y muebles de bambú, tiestos, jarrones ¡Ah sibarita y refinadísimo Don Emilio! No me cabe duda. ¡Ese ofuscante corredor no le ha puesto usted solo; le han ayudado á vestirlo Fortunj y Teófilo Gautier! JuAX L U I S LEÓN.