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458 Cualquiera, sentado en una silla de los Jardines, podía exclamar: ¡Qué fresco estamosl Cualquiera, sentado en la tribuna pública, podrá exclamar también: ¡Estamos frescos! Al anochecer del domingo pasado llegaron á la corte los ciclistas franceses. Casi todos los velocipedistas madrileños habían salido á esperarlos con cucharas, en previsión de los efectos que pudiera causar en los campeones el sol de justicia que está presidiendo estos días la liquidación social. Afortunadamente llegaron buenos y sanos. Las máquinas estaban caldeadas tanto, que al empezar cada jornada dicen que las ensayaban en un papel, como las tenacillas de rizar. Desdo las primeras horas do la tar le había gente en la calle de Aloalá esperando el paso de la procesión cívico- biciclista. ¡Aquéllos son! decía algún impaciente, al caer la tarde. ¿Cuáles? -Aquéllos; ¿no ve usted el farol rojo? -Efectivamente; esperemos. -Pero luego resultaba qiie los rusos que venían eran dos tranvías del barrio. -Diga usted, preguntaba un curioso limpiándose el sudor; ¿sabe usted si esos señores traen IlantííS de goma? -i Naturalmente! -Entonces j a sé á qué han salido los velocipedistas de Madrid. -A esperarlos. -No señor; á despegarlos de la carretera. con frecuencia de asiento, para que alternativamente nos dé el aire en las narices y en el cogote. Ninguna de las infinitas variedades de sombreros blandos consiguen quitar el calor de nuestras cabezas. ¿Qué pondríamos sobre nuestras frentes? Quizá diera buen resultado un casquete de bojadelata con su asa arriba. Nos meteríamos después en una garraplllera, y el criado se encarg a r í a de agarrarnos del asa y darnos vueltas, como hacen los horchateros con los cilindros del limón helado. El baño no s u r t e efecto, ni el sorbete, ni el abanico, como no sea el que e s t á cerca de la Moncloa. Primero so siento uno b en, pero luego viene la reacción natural y sube la temperatura del cuerpo hasta el grado del frito, como dijo el otro. Cuantos procedimientos se discurran son peores que el aspirar la brisa de una manga do riego á distancia prudencial del chorro. Con excusa de la curiosidad, son muchos los transeúntes que apelan á este cómodo y sencillo Hace un calor insoportable, dicho sea con permiso de Pero Grullo. Dicen que la temperatura es propia de la estación actual, pero yo la creo más digna de la estación del Norte ó de cualquiera otra que nos saque de la corto por ferrocarril. En su defecto, hay que buscar el fresco artificialmente, ya viviendo de noche, ya metiéndose en casa, ya viajando en tranvía y cambiando medio de refrescarse. Y es natural. Se está muy bien en mangas de camisa. Pero se está mejor en mangas de riego. LUIS ROYO YILLANOVA.