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454 una sastrería que habría sido una mina; pero se dio alas malas compañías, y entre el juego, el vino y otras locuras, vino el hombre á no tener nunca una peseta ahorrada y á descuidar el trabajo y no cumplir con los clientes, con lo que perdió la parroquia, y cuando se murió, dejó á su mujer y su hija en la situación que pueden ustedes suponer. Luisa era sastra, pero no le gustaba el oficio, ni tampoco el de modista, ni el de costurera en blanco; viva, inquieta, nerviosa, no se avenía al trabajo sedentario; ¡en seguida iba ella á desojarse cosiendo en el paño obscuro, y á romperse los dedos, ó, por lo menos, á llenárselos de pinchazos de la agu; a; ni tampoco tenía calma para sufrir los caprichos de las señoras si se dedicaba al arte de la modistería, ni iba á estar todo el día pespunteando camisas ó calzoncillos, para ganar cada veinticuatro horas tres ó cuatro reales! Necesitaba ella aire, movimiento, salir y entrar, ver gente, hablar con la gente, y que esta gente no fuera la poco recomendable con que trataba su padre. Instintivamente repugnaba todo lo ordinario, lo grosero, el lenguaje desvergonzado, el olor á vinazo, todo lo que tan de cerca habla podido conocer en su pobre hogar desde qne el autor de sus días se encenagó en el vicio y se encanalló. Una vecina, la única que demostraba algún interés por ella y no parecía envidiarle la hermosura y el donaire, único bien qae poseía, le dijo, ayudándola á discurrir, en qué podría ocuparse para ganar el pan honradamente; -Mira, Luisa: yo, si tuviera tu edad y tus manos, y tu fisonomía y tu desparpajo, ¿sabes lo que me hacia? Pues iba y me ponía á peinadora. ¿Tú sabes lo que gana la Dolores, la hija del carpintero? Pues no baja de veinte duros al mes, con lo que está hecha una reina, y no tiene que sucumbir, pongo por caso, á ningún hombre, y no se casará sino con quien gane triple que ella, y sea, si á mano viene, un señor. Pues si no fuera porque se puso á peinadora, como digo habría tenido que casarse con algún peón de albaiiil, que se caería de la obra el mejor día y la dejaría con tres ó cuatro demonios de chiquillos en mitad del an- oj O. Pero ahí la tienes, que parece una señorita, con su sombrilla y todo; y, como digo, sus veinte duros como veinte soles no hay quien se los quite el último día de cada mes; y en. la verbena de San Lorenzo, el año pasado, se ganó en Lavapiés, peinando á todo el señorío del barrio, por encima de mil reales De modo y forma que, ella misma nos lo ha dicho, ya tiene en la Caja de Ahorros cuatro mil, y esté bien mantenida y bien vestida, y no hay mnier más libre que ella en todo Madrid. Conque j- o por tu bien te lo digo; ahora, tú harás lo que quieras. Bueno fué el consejo de la vecina, y Luisa lo siguió con entusiasmo. Sigilosamente, sin que lo supiera otra persona que su consejera, averiguó la e. xistencia de cierto eminente peluquero que daba lecciones de peinado. Este maestro era un buen peine, más enamorado que el mismísimo Cupido, y de corazón tierno y compasivo. En viendo una nuijer guapa y desgraciada, el liombre se deshacía por servirla y consolarla. Cuando Luisa le dijo su cuita y su deseo, derretido, hecho una pegajosísima jalea, le prometió enseñarla á peinar con todas las reglas del arte, y todo sin otro interés que el de sacm- una discipula que honrara al maestro. Y, en efecto, Luisa aprendió en poco tiempo el difícil arte, y se ejercitó en el salón reservado de señoras que tenia el peluquero en su establecimiento, llegando á superar en habilidad y ligereza y buen gusto á aquella Dolores que, según su amiga y vecina, se ganaba sus veinte duros al mes. La adquisición de clientela no fué tan rápida como ella hubiera querido; lentamente creció el ntímero de sus parroquianas, y no pocos meses ttivo que vivir con escasez; pero ¿qué no puede la constancia? Luisa, al cabo de cuatro ó cinco años de trabajo perseverante y de economía y buena conducta, ha llegado á realizar sus deseos. Ya ha podido abandonar el barrio donde nació, para establecerse en sitio más céntrico; y aunque conserva no pocas parroquianas entre la gente rica de las calles de Toledo, Calatrava, Embajadores, Humilladero, Mesón de Paredes, de la Ribera de Curtidores y de la Plaza de la Cebada, el núcleo principal de sus favorecedoras lo tiene en el centro de Madrid y en los barrios aristocráticos del ensanche. Nadie diría, al verla ahora, que nació y se crió en los barrios de la chulería madrileña. Vestida con elegante sencillez, graciosamente prendida la airosa mantilla, afable y expansiva á la vez que discreta y prudente, según las circunstancias, Luisa es recibida con igual agrado en la casa de la señora Engracia, la más adinerada carnicera de Puerta Cerrada, que en el elegantísimo tocador do la dama más hnajttda ó en el caprichoso y perfttmado boudoir de la más terrible de las tengadoras. Luisa, con su aire modesto, su lenguaje culto, porque al propio tiempo que ha aprendido á peinar ha aprendido á hablar bien; con; su afable y acariciadora sonrisa, y sobre todo, con su buen gusto para embellecer á las damas por medio del peinado, se ha hecho indispensable para ellas, y ya no puede admitir más parroqttianas que las que sirve en la actualidad. Cuando Luisa manipula en una cabellera espléndida, se complace en hacer los más lindos primores, imposi-