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442 En el arcón había un pan grande entero, porque hacia días que, alimentada por el dolor la desdichada, no lo probaba. Desmigó el pan poco á poco, recordando con pena al desmigarlo las veces en que para distraer á Hanz hiciera con la miga palomitas, zapatos, barcos, figuritas Reuniendo la miga en la ahuecada palma de una de sus manos, modelándola con la otra y humedeciéndola con sus lágrimas, hizo un par de zapatitos de pan, con los que calzó los pies del niño muerto. Más tranquila ya, púsole la mortaja y cerró el ataúd. En tanto que endurecía la miga, llegó un mendigo al umbral de la puerta y tímidamente pidió un mendrugo de pan: hízole señas la madre con la mano para que se alejara. Vino el sepulturero, cargó con el ataúd y le enterró en un rincón del cementerio, al pie de un rosal blanco. Era un hermoso día de Mayo; no llovía, ni la tierra estaba mojada; el pobre Hanz no pasaría mal su primera noche de tumba. De vuelta á su casa, la madre de Hanz acostóse y quedó profundamente dormida: la naturaleza quebrantada sucumbía. Tuvo un sueño; ella, por lo menos, creyó que era sueño. Apareciósele Hanz vestido como estaba en el ataúd, con su traje de los domingos, su abrigo de piel, su muñeca de ojos de esmalte, sus zapatos de pan Parecía triste. No tenia la aureola que la muerte debe dar á la inocencia; las rosas del Paraiso no florecían en sus pálidas mejillas; gruesas lágrimas brillaban entre sus rubias pestañas, y hondos suspiros conmovían su pecho. Cuando la visión desapareció, despertó la madre bañada en frío sudor. Encantábale haber vuelto á ver á su hijito; producíale espanto el haberle visto tan triste. Se tranquilizó pensando: ¡pobre Hanz! ni aun en el Paraíso me olvida. A la noche siguiente renovóse la aparición. Hanz estaba aún más triste y más pálido. La madre le tendió los brazos y le dijo: ¡Hijo de mi alma, consuélate, no te fastidies en el cielo; pronto iré á buscarte! La tercera noche apareció Hanz de nuevo. Gemía y lloraba más que las anteriores, y al desaparecer juntó sus manitas en señal de súplica; no traía consigo la muñeca, pero sí los zapatitos de pan. Aterradísima la madre, consultó el caso con su confesor, venerable sacerdote, -Velaré esta noche contigo, le dijo el santo varón, y al aparecer el pequeño fantasma le interrogaré. Me contestará. Conozco los términos para hablar con los espíritus buenos y malos. Hanz apareció á la hora acostumbrada, y el clérigo le exorcizó con las palabras consagradas, preguntándole acerca de lo que en el otro mundo le atormentaba. -Son, respondió Hanz, los zapatos de pan los que me atormentan é impiden que suba la escalera de diamantes del Paraíso. Pesan más que botas de postillón, y no puedo pasar de los tres ó cuatro primeros escalones. Esto me produce una pena muy grande, porque allá en lo alto, muy en lo alto, veo querubines de alas de rosa que me llaman para que juegue con ellos, y me enseñan juguetes de plata y de oro. Desapareció, dichas estas palabras. Entonces el sacerdote dijo á la madre: -Habéis cometido una falta. Habéis profanado el pan nuestro de cada día, el pan que Jesucristo, en su última comida, eligiera para representar su divino cuerpo, y después de haberlo negado al mendigo que te lo pedía, le has endurecido para hacer los zapatos de Hanz. Es menester que quitemos al niño los zapatos de pan y los quememos en el fuego, que todo lo purifica. Ante la madre y el cura abrió el sepulturero el ataúd. Allí estaba Hanz tendido tal como su madre le colocara, pero había en su rostro una inefable expresión de dolor. El sacerdote le quitó con dulzura los zapatitos de pan y los quemó e la llama de un cirio bendito, pronunciando al mismo tiempo solemne oración. n Vino la noche, y Hanz aparecióse por última- vez á su madre, pero ahora alegre, gentil, acompañado de dos ángeles pequeñitos, de quienes era grande amigo; traía j, iestas alas de luz y una chichonera de brillantes. ¡Oh, madre míal dijo con voz musical; ¡qué alegría, qué felicidad siento! ¡qué bonitos son los jardines del Paraiso! ¡Allí se juega constan temente, y Dios, nuestro Padre y Señor, no regaña jamás! Al día siguiente, la madr- e apareció muerta, con la cabeza apoyada en la cunita vacía. THEOPHILE G A U T H I E R