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CUENTOS ILUSTRADOS LOS ZAPATOS DE PAN (C nclv. nm. Cuando la madre tuvo el oonvencimiento de que el postrer Kuspiro había volado para siempre de aquellos labios, en los que á las rosas de la vida habían sucedido las violetas de la muerte, cubrió la carita idolatrada con un extremo de la colcha, tomó bajo el brazo el paquete de lo hilado, y se diri gió á casa del tejedor. -Tejedor, le dijo, aquí tienes un hilo igual, fino 3 sin nudos; las arañas no fabricarán otro más fino entre las vigas de los techos; ayúdame y hazme de este hilo una tela tan suave como las de Frisia y Holanda. Cogió el tejedor la madeja, preparó sus útiles, y á poco la lanzadera, tirando del hilo, -íí o tengo necesidad de anillos en el sitio á que voy, porque lo conozco bien; los brazos do Hanz me arrastran, me arrastran fuera do la tierra. Salió y entró en casa del carpintero- Wv TI k l i l i con CQO ollc do ene na que no se pudra nuica q i t s gusanos no pueHi loei jam is, hazme uu ataúd le cvtL tamino. Vptiulió el carpintero la sien a ti cpiU ajustó cinco tablas, miitill ó tu ellas dulce, silencics imcnte ara impedir que, antes qi o ci 1 madera, se clavasen ci 1 (jia ón de la madre las aguli imas puntas de los clavos. Quedó l i lal or tan acabada, que xieoia el a t i l d una cajita para f nal i y encajes. corría afanosamente de aquí para allá. El peine ahima ba la trama, y el lienzo salía y cala hasta el suelo iguil sin romperse, tan fino como el de la camisa de una ai cln duquesa ó como el que el sacerdote emplea en la misa para enjugar el cáliz. Cuando el tejedor terminó su trabajo, lo entregó á la pobre madi e y le dijo: -El hijo del emperador, que murió en la lactancia el año pasado, uo iba envuelto en su ataúd de ébano y clavos de plata con tela más suave ni más delicada. Plegó la madre la tela, y quitándose de uno de sus enflaquecidos dedos un anillo de oro desgastado por el uso, dijo al tejedor: -Toma este anillo, mi anillo de boda, el único oro que he poseído en mi vida. No quería admitirlo el buen tejedor, pero ella le obligó con estas palabras; -Carpintero, que has hecho un ataúd tan bonito para mi hijo, te doy en pago mi casa y el jaixlincito que la rodea, y el pozo con la vina. No tardarás mucho en disfrutarlos. Con el lienzo y el féretro bajo el brazo, que tan poco abultaban, volvió hacia su casa la madre de Hanz. l o s niños que á su paso hallaba y no sabían lo que era la muerte, se decían; -Mirad la caja de juguetes de Nuremberg que á Hanz le lleva su madi e; habrá dentro, sin duda, un pueblo con sus casitas de madera barnizada, su iglesia con campanario de plomo, sus torres picudas y sus árboles verdes y recortados.