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EL COCHE BLANCO Sonreía el cielo azul y esplendoroso de nna hermosa primaYera, y el aromado ambiente y el sol radiante parecían convidar á la vida y al amor, que es la vida del espíritu. Habían florecido los almendros, retornado las golondrinas, y la j) obre niña, enferma, contemplaba con inefable melancolía il despertar de la naturaleza, detrás de los cristales de su 110 el alabastro, bien que prestara á su blancura amarillas írmedad que minaba su existencia; de ojos azules y soñares y cabellos rubios como el oro, más que mujer parecía sueño de un poeta, la imagen de la ihxsión reclinada en un lecho de rosas blancas, como su traje, como su cara, como la pureza de su alma. -Madre mía- -dijo al cabo la niña, dirigiéndose á una anciana en exijo rostro se fijaban bien claramente las huellas del dolor y del sufrimiento, -madre mía, yo quisiera salir un rato al jardín, sentarme en el mismo banco donde charlábamos y charlábamos largas horas Ricardo y yo ¡Ay, madre mía! ¿Si me habrá olvidado? ¿por qué no me esoii irá hace tanto tiempo? -ÍTo temas nada, hija mía, aún no ha llegado á España el correo de Buenos Aires; cuando llegr. c- -Me dice el corazón, sin explicarme la causa, que Ricardo no se acuerda ya de su María, que me olvida para consagrar su amor á otra mujer que desde luego II I I le adore tanto como yo le adoro... que ya no me quiere. I i sto, llenábanse de lágrimas los hermosos ojos de la niña, y un golpe de tos convulsiva y seca dejaba asomar á sus labios, tan descoloridos hoy como rojos ayer, una estela de sangre. La noble anciana, tratando de aparentar un valor que estaba muy lejos de sentir, lloraba en silencio, recatándose en la sombra, mientras un ruiseñor, oculto en los árboles vecinos, entonaba el himno de sus amores II Comenzaron á desprenderse las primeras hojas de los árboles, mirándose el sol velado tras densas nubes, y al paisaje alegre y risueño de la primavera sucedió el triste y melancólico del otoño; volvieron al África las obscuras golondrinas, y la niña, más enferma aún que antes, contemplaba asimismo el horizonte gris y los funerales de las flores detrás de los cristales de su ventana. En vano J-