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FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO o sin cierta emoción pisé por primera vez la arena de las avenidas de la Huerta. Recuerdo que era un día gris, propiamente del Norte; el portero de la verja, recio, alto, cuadrado, arrogante, se me antojó un granadero prusiano retirado del servicio; la profusión de árboles raros, acusándose confusos bajo un cielo ceniza; el palacio de piedra en el fondo; el aspecto de suntuosidad, de poderío, revelado en aquel jardín de hotel; la remembranza del grande hombre en la morada del cual entraba, trajéronme no sé qué extrañas ideas, qué singulares é instintivas comparaciones, y al penetrar en el despacho del ilustre pensador con el paso cuidadoso con que el natural respeto le impulsa á uno á andar despacio en el templo, tuve que hacer un esfuerzo para preguntar al simpático D. Atanasio Morlesin, Secretario de su Excelencia, por el Sr. Cánovas del Castillo, no soltar la lengua enredosa, que, obedeciendo al ofuscado pensamiento, casi llegó á decir entre dientes: ¿Está visible von Bismark? Es puntomenos que imposible empresa circustanciar al detalle las habitaciones de trabajo de 1) Antonio Cánovas del Castillo; tanto valdría querer reseñar un museo objeto por objeto. Viniendo del jardín, éntrase primeramente en el despacho, una estancia de más longitud que anchura, pero siempre amplia y espaciosa; en ella distingüese, ocupando su centro, una mesa de largo tablero rodeada de sillas, y junto á una ventana otra de ministro, en la que el gran estadista suele entregarse á sus hondos estudios; los muros se hallan cubiertos por una suntuosa estantería corrida, que en su parte inferior forma un saliente con primorosas tallas en madera. Sobre la mesa larga, sobre la especie de repisa de la librería, dentro de los armarios, por todas partes, descúbrense barros, mármoles, bronces, estatuitas, bustos, qué sé yo cuántas obras de arte antiguas y modernas. Aquí pinturas egipcias, allá restos persas, acullá relieves helénicos, por este lado ánforas romanas, todo auténtico, legítimo, con la herrumbre venerable de los años encima; un tesoro de arqueología, con el que alternan las joyas más acabadas de los artífices del Renacimiento, de los orfebres, de los escultores. Hablar de los sillones italianos con clavos triangulares, de la ornamentación de la pieza No quedan ojos para los muebles después de contemplar esta solemne resurrección del pasado. Pero el despacho cede en importancia á la biblioteca. Salvada la puerta, escápasele á uno un espontáneo grito de asombro. La vista descubre un inmenso salón, cubiertos sus cuatro muros de volúmenes desde el techo al suelo. A uso moderno, corre hacia la mitad de lá estantería, en toda la extensión de la estancia, un paso con barandilla de hierro repujada y con dos escí lcritas de caracol que bajan por dos ángulos al suelo. Las pupilas se abisman en aquellas paredes: libros y libros y más libros; concluye por vacilar y extraviarse la retina. A un lado se yergue un atril mecánico, para examinar con sibarítica comodidad ilustraciones y láminas de tamaño colosal; cerca reluce el acero de una guillotina para cortar los filos de las páginas; en medio de la habitación, una mesa do madera clara, abarrotada de tomos sueltos, de revistas, de obras de arte; otras mesas auxiliares y varios divanes y sillones. Una ventana que da al parque, y que á través de un cristal de una sola pieza dibuja el tronco de un árbol, presta grata luz lí la pieza de lectura. La nota del decorado es la esplendidez, la magnificencia. La biblioteca del insigne jefe del partido conservador comprende un copiosísimo caudal de ol) ras pertenecientes á todos los ramos del saber humano. El niímero de los tomos de que consta dar i de su importancia mejor idea que la más exagerada de las hipérl) ole 3: hoy cuenta de treinta y seis á treinta y siete mil volúmenes, y ¡caso extraordinario y pasmoso de liumana cultura! todos los ha leído por lo menos su dueño, ha estudiado la mayor parte, y ha anotado muchos en sus márgenes al investigarlos. Su predilección por los Hbros llega al delirio, y el famoso Ramón (q. o. p. d. su ayuda de cámara, de perdurable memoria, ha dejado miis de cuatro veces hundido á su amo en el examen de algún texto á las altas horas de la noche y se le ha encontrado al levantarse enfrascadísimo en su lectura, sin notar que no había dormido y que era ya el nuevo día. De aquí la enorme suma de conocimientos, la universalidad científica, por decirlo así, que el gran estadista ha llegado á poseer. Y aún ni está satisfecho ni considera terminada su empresa. Después de haber conseguido cuanto en este mundo puede apetecer el espíritu más exigente, honores á granel, un nombre europeo, riquezas, como resumen de su vida tiene una aspiración de bibliófilo no difícil de realizar, puesto que ya se aproxima á su consectición: la de reunir en sti biblioteca los cuarenta mil ejemplares. Obsesionado por la opulencia de ambas habitaciones de trabajo, acuerdóme siempre que las veo, sin explicarme la causa, de aquella modesta casita que me enseñaron en Málaga como un tesoro, y en la qtie nació el gran político. Su inmenso talento, su voluntad de hien- o, le han elevado al pináculo del humano poder, haciendo de su persona, no ya una figura nacional, sino universal. Y como síntesis de su carrera pública, después de realizar en su país una obra patriótica enorme, á laque la posteridad hará justicia, al fin de su vida y do su grandeza, y ello constituye la cualidad más grande de su historia, él, que ha prodigado á manos llenas mercedes y honores, cual si no quisiera dejar de ser nunca el símbolo de la mesocraoia moderna, -impuesta á la humanidad por la marcha progresiva de la civilización, continúa llamándose de la misma manera que en sus buenos tiempos de estudiante: Antonio Cánovas del Castillo. JUAN LUIS LEÓN.