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CUENTOS ILUSTRADOS LOS ZAPATOS DE PAN Escuchad una historia que cuentan á sus nietos las abuelas de Alemania. La Alemanial El país de las leyendas y de los ensueños, el bello país en que la melancólica luz de la luna, filtrándose entre las brumas vaporosas del Ehin, crea millares I de visiones fantásticas Al- extremo del pueblo, en una humilde casita, vivía una pobre mujer. El interior de la casita era pobre, muy pobre: contenía sólo los muebles indispensables para la vida. Un antiquísimo lecho de columnas salomónicas vestido con cortinas Je barga amarillenta un arcón pai- a el pan; un cofre de nogal limpísimo, pero en el que las numerosas picaduras de la golilla, mal disimuladas con cera, denunciaban largos servicios; un sofá forrado de percal de colores deslucidos, marcado en lo alto del respaldo con las huellas grasicntas de la cabeza tembladora de la abuela, y una rueca desgastada por el uso: esto era todo. Es decir, todo no; olvidábamos lo más importante: una cuna primorosamente adornada, con su rameada colcha tejida en crochet por la aguja infatigable de una madre cariñosa. Toda la riqueza de la casa estaba acumulada en la cuna. El hijo de un burgomaestre ó de un consejero áulico no la tendrían mejor. ¡Santa prodigalidad de las madres, que se privan de lo necesario para crear el lujo, un puco di; lujo, en el mismo seno de la miseria, alrededor de sus hijitos! Aquella cuna alegraba el cuartuco. La naturaleza, compasiva para los desheredados, quitaba al chiribitil su aspecto de desnudez, tapizándole por la parte de afuera con siemprevivas y musgos aterciopelados que desbordaban del tejado y bajaban por la fachada, ataviando la ventana, junto á la que estaba colocada la cuna, y á donde veníanlas paloma abatiendo el vuelo, á irrullar el sueño del niño Hanz. Un pajarito á quien el niño diera una migaja un día crudo del invierno, cuando están los campos blancos por la nieve, al llegar li primavera dejó caer agradecido del pico un grano al pie de la casa, y de aquel grano brotó una enredadera que, trepan do con sus zarpas verdes por entre las junturas de las piedras, entrometióse por un vidrio roto de la ventana, y encaramándose hasta el techo, caía después sobre la cuna en guirnaldas, de tal suerte, que por las mañanas los ojos azules de Hanz y las campanillas blancas de la parásita se abrían al mismo tiempo, saludándose amistosamente. La madre de Hanz, cuyo marido había muerto en lejanas guerras, vivía pobrísimamente con las legumbres de su huerto y el producto de su rueca. Poco era en verdad; pero como bastaba para que Hanz no careciese de nada, era bastante. La madre de Hanz, piadosísima creyente, rezaba, trabajaba y tenía todas las virtudes; pero cometió una grandísima falta. Sucede que las madres, contemplando á sus hijos, esos quei- ubes sonrosados con las manecitas llenas de hoyuelos encantadores, la piel de nácar y los pies menudos y lindísimos, se imaginan que son suyos para siempre. Pero Dios no da nada; presta solamente, y, como un acreedor olvidado, se presenta de súbito á reclamar su deuda. Porque aquel fresco botón saliera de su tronco, la madre de Hanz creyó que ella le había hecho nacer; mas Dios, que desde el fondo de su Paraíso de inmensas bóvedas azules estrelladas de oro observa todo lo que pasa en la tierra, y oye desde lo infinito hasta el ruido que hace la brizna de hierba al moverse acariciada por el viento, no vio con placer la creencia de la madre de Hanz. Hanz, además, era goloso, y su madre sobrado indulgente con este defecto; frecuentemente el perverso Hanz lloraba cuando, después de las uvas y manzanas, se le obligaba á comer el pedazo de pan diario que tanto anhelan los pobres, y que su madre le permitía arrojar coa desprecio ó acababa ella misma; y el Señor tampoco veía esto con agrado.