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415 El 75 me anunciaron en esa ópera en la Coniña. Contra lo que yo esperaba, hicefenafeisBttO. En el acto segundo electricé al público. Sonaron los acordes del tercer acto, y me eché á llorar como una criatura, E n mi vida me había encontrado en apuro igual. ¿Qué es eso? me dijo el representante. -Que no canto el tercer acto, aunque me emplumen. ¿Porqué? -Porque no lo sé, contesté, llorando á más y mejor. Se me ha olvidado... ¡Como en ninguna parte me han dejado llegar á él! Siempre me habían metido dentro antes de acabar el segundo. Yo, sin embargo, me sentía tenor. Mi figura era gallarda, mis intenciones buenas; complaciente por naturaleza, las empresas y los directores hacían de míio que les daba la gana; no era exigente en mis contratos, y dejaba la determinación del sueldo á la Voluntad de agentes y empresarios. No obstante, no medraba yo en mi carrera. Pero llegó un buen día, como dicen los franceses, y un tenor amaestrado, uno de esos que conocen profundamente los misterios del arte, me dijo: Te voy á dar la receta de hacer grandes tenores. Grábala en tu memoria. E n materia de indumentaria, desobedece siempre á los directores de escena. Tonelete de terciopelo, mallas de seda, borceguí recamado de oro; buen pantalón de armar, para dar corrección á las líneas de la pierna; la barba, partida y bien peinada; pelo, el tuyo, nunca peluca, aunque hagas de anciano; tahalí de relumbrón, con grandes piedras, y sobre todo el toisón, el toisón á todo trance. Sin toisón no hay tenor qrxafile ni smorse una nota. No te olvides de tener hotas altas de tafilete bronceado, so pena de cantar mal el Raoul de Hugonotes. Al salir á escena para cantar una romanza, aunque haga frío y estés en despoblado, durante el ritornello deja la capa y el sombrero sobre un banco, si lo hay, y si no, en el suelo. No andes por la escena como los demás hombres, sino á trancos largos y á compás, Apoya siempre la maní izquierda en el pomo de la espada, acciona con la derecha únicamente, y cuando por fuerza haya que poner en movimiento ambas manos, sea para apretarte el corazón con ellas, mientras pones los ojos en blanco y mueves graciosamente el cuerpo de cintura arriba. ¡Ah! Cuando te marches de la escena, no recojas la capa ni el sombrero; ya los recogerá tu criado cuando baje el telón. Cuando te mates en Lucia, Bailo, etc. muere sin descomponerte, sin arrugarte el traje siquiera. Trata mal á las empresas, sobre todo á las que pagan religiosamente y tienen sólidas garantías de estabilidad, porque de éstas nada hay que temer. Ponte malo de común acuerdo con tu capricho cuando no tengas ganas de cantar; la cuestión es fastidiar á las empresas, y eso de mandar suspender la función ammciada, viste mucho. Ten secretario y cocinero. El secretario, que vaya al teatro de frac y corbata blanca, aunque en casa te limpie las botas y haga otros prosaicos menesteres. En cuanto puedas, compra de lance dos ó tres coronas de plata y una de oro, si es posible, para que te las echen en todos los beneficios tus admiradores, amigos discretos del secretario. Finge no saber una palabra de eso, ¿eh? E n cuanto acabes de cantar, envía un telegrama á tu agente en Milán, qUe ló difundirá por toda la prensa, concebido en estos términos: Fanatismo, furore. Treinta llamadas á escena (aunque no hayas salido más que tres. Hay que añadir un cero, por lo menos; y haz que firme el parte tu secretario con un nombre supuesto. Come bien, y no sientes á tu mesa más que á las personas que puedan servirte de algo. Vive á partir un piñón con los jefes de claque. Habíales muy mal de tus compañeros, y si consigues que los griten, mucho mejor. No vayas á ensayo sin gabán de pieles, solitario en el meñique de la mano izquierda y alfiler de brillantes en la corbata. Prodiga la estudiada sonrisa de los diplomáticos, y la cara de perro no se la pongas á nadie más que á la empresa. Durante los quince últimos años he puesto en práctica estos sabios consejos; no me ha ido mal, pero, áj) sar de tantos esfuerzos artísticos, no he llegado á ser estrella. ¿Por qué? Sé franco hasta la rudeza. He aquí mi lacónica contestación: Porque, á pesar de todo eso, que es de tenor puro, te ha faltado la voz suprema, y algo en la masa encefálica. En el teatro no se impone más que. la inteligencia. RAFABL M A R Í A L I E R N