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4 üy garro entre las brasas, y así que avivó la combustión del tabaco con algunos chupetones, fingióvUna tos recia para aclarar la voz, no muy dulce, y luego de separar los mostachos metiéndose índice y pulgar de la diestra por el centro de la boca, púsose á referir lo siguiente: -No excedía yo con mucho de los treinta, y estábamos allá arriba, junto al Polo, con la expedición del marqués de la Romana. En la casa á donde fui á dar con mis huesos no podía hablar con persona humana, hecha excepción de mi asistente Retama, un aragonés que caminaba sobre la nieve con el guitarro á la espalda y calzados los pies con alpargatas. El muy granuja no entendía jota de lo que hablaba la gente de aquella tierra, pero se daba á entender por las manos; de suerte que lo que no le daban venía en adquirirlo, ya fueran viandas ó abrazos. Sucedió lo que no podía menos de ocurrir: los asaltos á la despensa y á la cocinera fueron tan activos, que la dueña de la casa vino, no á decírmelo, sino á dármelo á entender, porque ni ella sabía español, ni yo la endiablada jerga del país. Claro está que la mímica obró en perturbación de mi ánimo y en daño del marido ausente, pues la patrona, que era una sueca demasiado bonita, tuvo que abrazarme para darme idea de los atropellos del tuno de mi asistente. Fingí no entender al principio; reproduje luego, ó, dicho mejor, repetí las explicaciones que me daban, llegando á entendernos tan bien la sueca y yo, que hasta convinimos, por la esfera de mi reloj, á qué hora podríamos lamentarnos juntos de las tropelías de mi asistente. Me fui á la cama con propósito de aguardar la hora en que había de pedir perdón por los pecados de Retama, y tumbado boca arriba me puse á pensar en España y en todas las cosas dejadas por mí acá abajo. Comparando los usos y costumbres, di en hallar mejor lo del Mediodía que lo del Norte, porque aquí los objetos y las personas decíanme mucho, mientras allí ni el cielo ni el lenguaje significaban cosa alguna. El corazón escarbaba en la memoria, y la impresión más viva la sentí al acordarme de mi Manolina rubia como yo, con aquellos hombros de nieve y aquellos ojazos de fuego, con sus dedos de rosa y sus piececitos de niña, que sostenían por un prodigio de equilibrio su ro Tbusta personalidad. Me quedé dormido, pero desperté muy pronto. Puesto de rodillas junto al fuego de la chimenea, vi la hora de mi reloj: era la de la cita. El corazón me latió con violencia, y salí de puntillas en demanda de mi patrona. A la mitad del pasillo me hizo pararme un ruido tenue que llegaba á mí amortiguado por las puertas y las cortinas. Puse atención y me enteré de lo que ocurría. El bribón de Retama había descolgado el guitarrillo y la estaba dando á la criada una sesión musical en su propia habitación. En aquel instante la guitarra sonaba muy bajo, muy bajo, pero los vivos acordes de la jota aragonesa llegaron hasta mi y se me colaron hasta el alma. Aquellas notas castizas dadas á media voz en los últimos paralelos del mundo me trajeron aire de España, brisas del Mediterráneo y rosas de Andalucía; pensé en mi Manolina, aquella extremeña rubia por excep-