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HACERSE EL SUECO El coronel echó atrás el morrión, soltó la badila con que había profundizado una descomunal firma en el reluciente brasero de cobre, con tarima chapeada de lo mismo, y encarándose con el más joven de los oficiales, díjole, en tanto que se retorcía con olímpica petulancia las anchas guías de su bigotazo. gris: -Así ha de ser la gente moza; no tienen nada que ver la afición á las mujeres, ni la alegría del carácter, con la dignidad personal. Yo, de teniente, anduve á sablazos con unos compañeros porque j S I. uñ S Fi -v. quisieron tirar á un jiobre viejo en el pilón de la Mariblanca, por pura gracia. De suerte, añadió, que ríase su merced si le motejan de timidez porque haya respetado la mujer de un amigo. Hombres son los que resisten, no los que se dejan vencer. El oficialito se puso colorado hasta la frente, como si en vez de un elogio le hubieran aplicado una censura; miró á los otros que con él se hallaban en el cuarto de banderas, y se hubiera visto negro para encontrar qué decir, de no haber proseguido el coronel de este modo: ¿Quién sabe lo que valen los impulsos del corazón? Estamos en Diciembre de 1824; pues bien, en estos días se cumpleii diez y seis años de una aventura, en la cual, sin disputa, pasé yo por mucho más cobarde que usted. Rectificaron todos las respectivas posturas, como disponiéndose á oir, y el coronel Montánchez, que no deseaba otra cosa, se sacudió á papirotazos la ceniza que le había caído en la casaca; metió el ci- J