Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
404 No acertaba á separarse del lado del balcón, por si podía ver aquella carita de ángel revoltoso. Doña Cándida, la patrona, que había observado el juego del muchacho, y que tenía la buena costumbre de meterse en todo, le decía: -Hijo, parece usted un mono; habrá que atarle al balcón con una cadena para que no se escape, y traerle la comida. A la tercera ó cuarta noche, y á eso de las doce, poco más ó menos, vio Prudencio, desde su observatorio, luz en la habitación de los tórtolos. iSilencio! ¡Obscuridad! ¡Noche lúgnbrel ¡El misterio del crimen! Los visillos no le dejaban ver más que las siluetas. Pero las reconoció. Eran ella y él. Hablaban y discutían acaloradamente, según la versión Prudencio. -Parece que la amenaza, decía el poeta, indignado. ¡Amenazar á esa criatura angelical, á ese modelo de belleza, de sentimiento, de virtud! ¿Celos infundados, ó harturas repugnantes? De pronto él bajó rápidamente la mano derecha, que asía un puñal de Albacete, y hundió el arma en el pecho de su víctima. Esta cayó exánime, y no se vio más. Prudencio rugió de espanto y cólera á un tiempo mismo, se apartó de la vidriera, y cerró las hojas de madera del balcón, repitiendo: ¡Bárbaro! ¡Infame! ¡Asesino! ¡Cobarde! -Pero, hombre, ¿que le ocurre á usted? preguntó alarmada la patrona, saltando del casto lecho y entrando en la habitación de Prudencio algo ligera de prendas de vestir. E l pupilo relató á doña Cándida cuanto habia visto. ¿P, ero eso es verdad? preguntó asustada. ¡Señora! Lo he visto, y soy incapaz de mentir. La patrona abrió los postigos del balcón, y ella y Prudencio estuvieron observando, sin respirar siquiera, y á obscuras, para no excitar la atención de los vecinos. Pero nada vieron. -To debo dar parte al juez, repetía Prudencio. -No se meta usted en líos, que va á dar con sus huesos en un presidio. ¿To? ¡la inocencia castigada! ¿Yo? ¡su único amante platónico! -Pues por eso, por inocente. Ba, vamos, cada mochuelo á su olivo, y á quien Dios se la dio Al día siguiente nada se vio, nada se supo. Prudencio había madrugado más que solía; la ansiedad no le dejaba vivir. Por otra parte, el dolor, la ira, el deseo de venganza, como si ella hubiera sido algo para él El balcón de aquella casa no se abrió siquiera. Pero al siguiente día, sí. En el centro de aquella habitación, iluminado por varias hachas de cera, se veía un túmulo y un féretro, y un cadáver. ¡Ella! Vea usted, doña Cándida: ¡ella! repetía, exaltado, Prudencio, y mesándose los cabellos ¡Caracoles! ¡Pues es verdad! exclamó, aterrorizada, la patrona. Pero se supo dos horas después, por referencia de la dueña de la casa, que el muerto, de repente, había sido un commisvoyageur que había llegado la víspera. Y que los tórtolos eran un profesor ilusionista, prestidigitador y diabólico, y una discípula muy querida. La noche anterior ensayaban un ejercicio nuevo que, según pensaban, había de alborotar en América, á donde iban contratados. Aquel nido de amor y de riqueza era una casa de pupilos, pero de otra categoría que la de doña Cándida, á que no estaba acostumbrado Prudencio. El oommis- voyageii r ocupó la habitación que habían dejado vacante los tórtolos. ¿Lo ve usted, hombre? recriminaba la patrona á Prudencio. ¡Si está usted más loco que una cabra! EDUARDO DE P A L A C I O X