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TESTIGO DEL CRIMEN Prudencio merecía sn nombre. Habla sido desde su infancia un chico de bien, hasta entonces. Humilde, servicial, candido, laborioso y aseado; esto sobre todo. Hubiera preferido una docena de diviesos al natural, á una mancha en la cazadora. Declarar su amor, en caso de sentirle, á una muchacha hija, ni madre, ni hermana de familia, nunca lo habría realizado, por exceso de modestia y de timidez. Pero, de la noche á la mañana, como se dice en estilo familiar, y cuando, al pai- ecer, iba mejor en sus estudios preparatorios para funcionario de aduanas, con vistas, se sintió poeta. Un picaro tomo de poesías de diez céntimos que compró en una acera de la Puerta del Sol á un chico propagandista de restos de ediciones estériles, fué causa de la mudanza de Prudencio. U. 1 Ü lirio odorífero y punzante, desahogos poéticos de D. Crisóstomo Booalán, jubilado de Loterías y de otras varias corporaciones. ¡Qué poesías, y qué poeta debía ser Crisóstomo! Prudencio empezó á enfermar, y la patrona, que por recomendaciones de un amigo, que á su vez lo era del padre del muchacho, tenía á éste en su casa en unión de otros varios pupilos, notó el cambio del chico! ¡Cuidado, decía al caballero que le habla llevado á Prudencio, que le trato como á un príncipe relativo I- -i Caramba I Eso ya se supone, afirmaba el caballero. -Ese chico tiene algo malo por dentro, aliadla la patrona. Los ojos, ayer tan expresivos, son hoy dos ojos de jabón moreno; aquella ligereza y aquella ingenuidad han desaparecido, y hoy es taciturno como los hijos de Eduardo, reservado como Arqulmedes, fúnebre como el Judio Errante; habla poco, lo mismo que Luis Deceno, y le oigo murmurar á solas, como Doria Juana la Loca. -Si este chico fuera chica, continuaba razonando, todo me lo explicaría. El paso de la infancia á la pubertad, y viceversa, puede ocasionar desequilibrios graves en el físico y en el carácter. Pero en un hombre no hay pubertad. Y se quedaba tan fresca, después de desahogar su plétora de erudición de folletín malo. Lo mismo escribió al padre de Prudencio; porque ella era así, de repetición, para inculcar bien las ideas en el prójimo. -Una sola audición no basta, decía, y es preciso repetir los conceptos para, fijarlos. Era una de esas mujeres geniat que nacen para las letras y la crítica, lo mismo que para los pupilos: Prudencio, entre tanto, abandonaba por completo sus estu- dios penosos para entregarse á las musas en libertad. No se acostaba sin haber dado á luz un poema, y noches hubo de dos ó tres poemas gemelos. ¡Envidiable facilidad! Así pasaba las noches en vela, ó en velas. Porque lá patrona (de pasaba una cantidad de petróleo, y, concluida ésta, como el pupilo no se alumbrase con la luna ó con las estrellas, ya podían leer ó escribir á tientas, con punzón, como los ciegos en el Colegio de sordo- mudos y ciegos. Prudencio compraba paquetes de bujías con el fruto de sus privaciones para librarse del caos é iluminar sus pensamientos. El piso donde estaba la casa de pupilos era segundo, sin entresuelos, ni primeros, ni mistificaciones. La calle era estrecha. En la casa de la acera opuesta, casa apenas terminada de edificar, y en el piso primero, que estaba á igual altura, ó poco menos, del segundo donde habitaba Prudencio, vivían hacía dos días un caballero y una señora. Por lo menos, el joven poeta no había visto á más personas con ellos. Un caballero casi joven y simpático, y una joven casi niña, formaban el que Prudencio creyó matriinonio. ¡Cuan felices debían de. ser! Amartelados, haciendes idilios así los había visto cua tro ó cinco veces el vecino poeta en aquel nido de amólas y de abundancia; entre muebles ricos y tapicería de los Girondines como él decía, en lugar de Gobeliños En aquella jaula de oro vivían, aleteaban y se arrullaban dos pájaros del amor. ¡Qué diferencial pensaba Prudencio; ellos tan felices, y yo aquí Es verdad que doña Cándida ¡Dios mío! Tortolear con doña Cándida sería un- raptó de locura; no hacer el tórtolo, sino hacer el paso. ¡Cuan fea sería en sus años verdes! Prudencio no podía sosegar desde la primera vez que habia visto á la vecina que, con su macho, anidaba en el árbol de enfrente.