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IS jlj U No faltan nunca á la solemne cita. Todos los años, descollando en la fachada del venerable palacio inmortalizado por una leyenda sangrienta, contrastando con los millares de colgaduras de tonos TÍvisimos, que trazan en las casas irregulares líneas de locos colores, aparecen los clásicos palios amarillos do gran tamaño, con el escudo nobiliario bordado en el centro, que todos los madrileños se saben de memoria. La solariega mansión permanece de ordinario cerrada y sombría, como si guardara eterno luto. Jamás sus vidrieras antiguas dejan escapar reflejos de iluminaciones brillantes; pero alborotan la población las campanas del Corpus, lanzadas al vuelo, y la noble morada, fiel á su linaje católico, rindiendo el debido acatamiento á la jubilosa fiesta de la cristiandad, cubre las barandillas en señal de respeto con los heráldicos tapices gualda, y torna á cerrar los cristales, continuando solitarios aquellos panzudos balcones, por los que se adivina que ha pasado la muerte. Los inmediatos rebosan de juventud y aparecen coronados de muchachas. Son fascinadores, irresistibles, alegres, Henos de júbilo; en ellos estallan coros de vocecitas frescas; no hay ninguno que no sonría. Las cabezas de cabellos rubios se defienden del curioso sol bajo un toldo formado con sombrillas rojas y blancas; de todas las barandillas cae sobre la muchedumbre una lluvia de miradas de mujer; los ojos negros abrasan la calle con sus rayos; en cada voladizo se adivina un tropel de suspiros; es una fecha eterna del corazón. Los repiques del Corpus llegan á los hogares donde se sueña, y las casas de la carrera abren sus cristales, transfiguradas de gozo, al considerar que sus huecos van á ser otros tantos tronos de las madrileñas. No se sabe qué extraña ternura se advierte en los balcones: es que el amor acaba de pasar por allí tocando su campanilla, y detrás de las colgaduras se han puesto de rodillas los veinte años. Estallan los graves ecos de la marcha real; los soldados, que forman en doble línea, rinden las armas; la multitud se descubre y se postra; por la calle abierta entre la gente se desliza el golpe de oro de la comitiva; fulgurantes como una constelación se descubren las andas de plata entre jirones de humo; las alabardas de los guardias cobrillean heridas por el sol; los cirios de los sacerdotes parpadean; los acólitos rojos escoltan la custodia cargados de flores. De los balcones alegres ocupados por las madrileñas resbalan aguaceros de rosas, y los balcones tristes, símbolo del pasado respetable, continúan presidiendo la procesión con sus grandes tapices amarillos. JUAN L U I S L E Ó K 7