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400 ción de mujer la ha revelado el enigma. ¡P o r eso me contempla á hurtadillas u n momento al pasar, y huye á refugiarse en su coche! ¿Que por qué no vengo de día? ¡Porque no puedol Usted, señorita, es opulenta, viste á la última moda, vive en su hotel propio, dispone de innúmeros criados, mientras que yo soy un cualquiera, un estudiantillo de mala muerte, mal trajeado j raído, habitante en una casa de huéspedes de á dos pesetas, sin nadie á quien mandar. A la luz del sol se reiría usted de mi audacia, me encontraría usted cursi y vulgar; hundido en las tinieblas, sin descorrer el velo, soñará usted conmigo, su fantasía me dotará de unas perfecciones de que carezco. Decididamente conviene que continuemos así: usted curiosa y prendada de lo desconocido, y yo ignorado y entrevisto apenas. ¡La ilusión encierra encantos supremos de que carece la realidad! III- ¡Esto no es vida! La incertidumbre me mata; yo necesito saber si me quiere. ¡Es un insensatez, una locura! E n t r e ella y yo media un abismo; ella se encuentra en la cumbre, y yo no he comenzado aún á subir: acaso debiera contentarme con amarla en silencio, pero me faltan ya fuerzas ara seguir callando. ¿Y por qué no he de hablar? H o y no soy nada, pero el porvenir es m í o me elevaré hasta su trono; no jaoseo riquezas, pero conquistaré la celebridad; la gloria no tiene por qué bajar la cabeza ante el oro; me dedicaré á la política, haré dramas, lucharé P e r o eso mañana: por hoy declararme. ¡Ah, sí! ¡Declararse! ¿Y cómo? ¿Comprando á la servidumbre, al portero, á la doncella? De fijo tienen más dinero que yo; además, me expongo á que vayan á la mamá con la historia. ¿Entonces? o me queda otro recurso: yo mismo; la escribiré y acecharé la oportunidad de entregarla la carta; con un poquito de osadía no hay obstáculo que no se salve. ¡Qué emoción la suya al verme surgir de la sombra, al oir á la esfinge de las tinieblas! ¡La estatua de la noche que se anima y habla Ya no más preguntas mudas, al bajar al coche, á esa silueta negra que aguarda siempre, perdida en la obscuridad, á ese hombre inmóvil, (jue la de í ora con los ojos al entrar en la berlina. IV- ¡D e esta noche no pasa! Ella se ha percatado del fundamento de mi espionaje, y espera mi declaración. Mi conducta singular y e x t r a ñ a b a encendido en su pecho la hoguera. ¡Romanticismos, sí; pero el corazón de la mujer no cesa nunca de volar! La enamora lo excepcional, lo extraordinario la abnegación la rinde. Se adivina idolatrada en la sombra y se deja llevar por la atracción hacia el sitio de donde parte. ¡Bien mío, yo seré tu esclavo, yo besaré las piedras que tu pises, yo te adoraré postrado ante el altar en que vives colocada por la suerte! ¡Ah, tú, mi hada, no me cerrarás las puertas de la dicha! ¡Ahí baja! ¡Valor! ¡Aprovecharé el farol para enseñarla la carta! ¡Estoy temblando! N o la ve ¡Ya la ha descubierto! ¡Qué! ¡Se sorprende, vacila, por fin la toma! ¡He vencido! ¡Señorita! V- ¡Eh! ¿Qué hace? ¡Le da al aya la carta! ¿Qué significa eso? ¡Dios lío! ¡La miss saca un bolsillito! P e r o ¿se ha vuelto loca? ¡Soy yo, el des 3, el enamorado, y el que la espera á usted siempre! ¡Cómo! ¿Por me toma? ¿Con quién me confunde? ¿Qué dice? iss, recoja usted ese memorial y dé á ese joven un duro. ¡Parece una persona decente! ¡Es el pobre do noches! ALFONSO P É R E Z N I E V A