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ANCH IO SO PITTORE Al anunciarse una Exposición de Bellas Artes, ¡cuántos jóvenes pronuncian la frase consabida, apretando los tubitos del color y metiendo el dedo gordo por el agujero de la paleta! Porque lo que aquí sobra son almas de artista, gente enamorada del arte con más ó menos platonismo, y que sienten dentro de sí el espíritu de Apeles, de Murillo ó de Rafael, con coleta y todo. El caballete se levanta ante ellos enigmático y mudo; allá está el lienzo cada día más blanco y más estirado por las clavijas; ¿qué saldrá de allí? Si ahora sintiéramos la pintura religiosa como en el siglo de Ribera (no don Carlos Luis, sino el otro, el Espagnoleto) j podríamos afirmar desde luego: Si sale con barbas, San Antón, y si no, la Purísima Concepción. Mas ahora predominan los asuntos pífanos, es decir, profanos. De aquel lienzo inmaculado y blanco, lo mismo Luego, viene la mancha, las primeras escaramuzas del pincel. ¡Cuántos cuadros acaban allí, en la mancha, sin poder llegar á Despeñaperros! Enseguida surge el acompañamiento de amigos del pintor, que le animan con sus bromas y le corrigen con buenos consejos. Es la ventaja que, según muchos, tiene la pintura. Para hacer una novela, para componer una tanda de valses, para planear un juguete cómico, hay que buscar la soledad; pero ¡un cuadro! ése sale entre el jaleo y la chachara áúlatelier. Un amigo toca la guitarra, el otro bebe, el de más allá se prueba un morrión de miliciano, puede salir el pasmo de Sicilia que una pulmonía madrileña. Reúne el pintor sus bocetos, sus apuntes, sus estudios del natural; agarra el carboncillo, y ¡manos á la obra! Que es lo que decía un pensionado en Roma á un alumno de la Academia de San Fernando: -Cuando tienes preparado el carbón, tomas unas cuantas hojas del álbum- -Eso es; y en cuanto el carbón arde, empieza la infusión de las hojas del álbum, como si fueran hojas de hierbabuena. mientras el artista deja volar á su inspiración, que, por lo visto, está perfectamente domesticada. La musa poética suele ser misántropa, y hasta troglodita; la del pintor es eminentemente sociable. Hay cosas, por supuesto, que no pueden hacerse en el estudio. El paisajista, el pintor de cuadros cuyo asunto se desarrolla al aire libre, necesita que lo manden á paseo siempre que trata de ponerse á trabajar. Las puestas de sol encantan todavía á muchos pintores crepusculares. Así es que en invierno de cuatro á cinco, y en verano de siete á ocho, todas las tardes abarran los bártulos y empiezan su labor diaria próximamente á la misma hora que los faroleros.