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FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON FEDERICO DE MADRAZO RA mtiy niño ai in el que firma esta semblanza y ya oía pronunciar con ferviente respeto el nombre del insigne artista. No ya de hoy, de hace bastantes años, es una institución, y como tal indiscutible; la crítica le habla con el sombrero en la mano, como á los reyes, y los que son ya eminencias y primeras medallas se honran con tener en preferente linea de sus respectivas hojas de servicios el de haber sido discípulos suyos. Precisamente ahora celebra el Circulo de Bellas Artos su Exposición libre En ella, como un padre entre sus hijos, descuella una obra do Madrazo. Es la tradición, que viene en ayuda del presente. Y al llegar aquí parceemo que oigo exclamar sonriéndose á mi buen ü Federico: J 3o nita manera de llamarme Matusalén! Pero ¡qué diablos! Sobro que mi excelente amigo es hombre ajeno á tan femeniles preocupaciones, ha do convenir en que no se alcanza el título de maestro sino á costa de una vida entera, y en que la gloria sólo concede á los cabellos blancos sus laureles eternos, los que no han de secarse jamás. No soy yo, pobre y hamilde literato, quien asienta semejante afirmación; nuestro gran critico Federico Balart lo ha dicho: la obra suprema de la pintura es el retrato; el artista que sepa trasladar al lienzo la figura humana con su personalidad propia, ese merece el nombre de tal. A buen entendedor pocas palabras. Precisamente al retrato debo su fama merecida el ilustre tocayo del no menos ilustre y citado crítico. D. Federico de Madrazo, con un exquisito tacto, ha sabido unir en feliz consorcio las exigencias del parecido, de la serae; anza, con las bellezas técnicas y pListicas, sin olvidarse nunca de que el arte no es la fotografía, pero sin olvidarse tampoco de la verdad. Lo malo es que aunque ha formado escuela, por la ley natural, que hace imponerse á los que se apartan do los demás con fundamentos para ello por la fuerza de su talento, sin duda por las tendencias de la época, que se dirigen hacia otro lado, tal vez á causa de influencias extranjeras, no se ven hoy cultivadores de tan difícil género que puedan recoger por derecho propio de manos del maestro su singular pincel el día en que la muerte le sorprenda, que quiera Dios que sea muy tarde, y mo salgo de esta camisa, no de once, sino de doscientas varas, en que no he debido meterme nunca. ¡A buena hora, en 1.893 años, según el docto Thebussen, salto yo formulando un juicio de qiiien se encuentra punto menos que sancionado por la posteridad! El estilo os el hombro. La vulgarizadísima sentencia de Bacón, no por vulgar es menos cierta y profunda. Conociendo á D. Federico de Madrazo personal y artísticamente, figurábame yo su estudio, y aunque no acerté en el número, porque posee, no uno, sino dos, resultaron ambos, con efecto, como me los imaginaba: pulcros, ordenados y distinguidos. Prescindiendo de sus cuadros, y ya es prescindir, merecenjas dos estancias, sin hipérbole ninguna, el calificativo de museos. ¿Reseñar los objetos preciosos allí acumulados? ¡Imposible! Sería necesario convertir en un catálogo esta semblanza; tal es la cantidad de joyas arqueológicas que se descubren a través de los cristales de armarios y vitrinas, por donde quiera que se tiende los ojos. El anticuario se está contemplando en los escaparates y alhacenas cajitas, collares, mil filigranas de orfebrería; el amante de la cerámica encuéntrase con ánforas romanas, con jarros árabes, con platos metálicos moriscos, con azulejos, con fuentes alcorefias y talaveranas; el aficionado á muebles, con arcones y maravillas de talla; el adorador de la escultura, con bustos y estatuas de marmol y escayola, con barros cocidos; el de la pintura de nuestros siglos de oro, con las mejores firmas; él devoto de las armas, con dagas, tizonas; el literato, con libros ¡Qué sé yo! Para todos los gustos y aficiones. Lo repito: im museo. Viniendo al dueño, al pintor, tiene en sus dos estudios un verdadero almacén, vm verdadero tesoro brotado de su pincobinagotable. Vénse allí sin terminar, más ó monos adelantados, los retratos de Castolar, Cánovas del Castil o, esposa de León y Castillo, duque de Valencia, difunto de Villahermosa, el del pintor francés Ingres, el del barón de Taylor; los de cuerpo entero de Doña Isabel I I y de D. Francisco de Asís, los estiidios de cabezas para retratos de la reina Doña María Cristina de Borbón, de su hija Doña Isabel y de la duqixesa y duque de Hontpensier. Mezclados con éstos, ya metidos en color, hay otros muchos retratos dibujados solamente. Recuerdo los de Ventura de la Vega, Bretón de los Herreros, Larra, del escultor Sola, primer director de los artistas pensionados en Roma desde tiempos de Fernando VII, el del célebre escultor italiano Fenerani, el del insigne pintor alemán Federico Overbect, el del famoso pianista Listz. En otro género, descúbrense una Purísima, en bosquejo, aunque muy adelantada; otro lienzo, bosquejado en la ciudad papal, que tiene por asunto Polayo en Covadonga, y otro, y otro, y muchos bocetos más con episodios históricos españoles. ¿Queda algo entre lo saliente? Una composición originalísima, todavía en sus primeros pasos dibujada, de enormes dimensiones, destinada á ser un gran óleo, y donde se hallan representados casi todos los hombres célebres en Bellas Artes y en poesía. ¿Aún restan más obras? Los retratos de sus liijos. ¿Más aún? Lo que de fijo constituye para D. Federico el santuario de sus estudios. Es una colección íntima y deliciosa: un retrato pintado por su hijo Raimundo; varios cuadritos de su otro hijo Ricardo; diversos. bocetos y acuarelas de su inolvidable liijo político, el colorista Mariano Fortuny; otros retratos ejecutados por su padre D. José, entre ellos los del compañero del infortunado Riego, general Arcoagüero; el de la condesa de Tatischeff, y el de la reina María Luisa, ejecutado en Roma. El resto de las obras esparcidas por los dos estudios y brotadas de su inano, representan para el ilustre Presidente de la Academia de San Fernando la gloria. Este grupito de tiernos recuerdos conservados por la piedad paternal y filial, simbolizan para él el corazóit JUAN L U I S L E Ó N