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378 -Y volverá dentro de dos ó tres horas; porque, efectivamente, aquí para de ordinario. Así es, que si usted quiere que le dé algain recado, se le daré. -El caso era verle, replicó la señora, un tanto contrariada. -Pues dígame usted á dónde ha de ir, y yo se lo diré en cuanto venga. La señora vaciló. Después escribió en una tarjeta: A las ocho, en nn gabinete de Fornos; Necesita hablarle X. Y enseguida entregó la tarjeta á Juan José, dioieudo: -Confio en su amabilidad y en su discreción. Al poco más ó menos, esta sustancia tuvo la conversación durante la comida. Terminada, la señora se sentó junto al piano y empezó á ejecutar algunas piezas. Lagartijo colocó una siUa cerca de la banqueta de la profesora, y asentía, cuando la dama terminaba un número del concierto, diciendo: ¡Ole, ya! ¡Güeno! ¡güeno! Continuó la música, y Eafael empezó á roncar, apoyado en una silla. La dama cesó de tocar. No pudiendo sufrir aquel desaire, se levantó, y tomando su sombi- ero, salió, diciendo al criado: -Y hace usted bien, afirmó el am Rafael, porque merezco esa confianza usted verá. En cuanto venga le eutrej tarjeta aparte y sin que se enteren los a La señora se despidió, y Juan Jo cuanto vio entrar á Lagartyo, le dio jeta. A las ocho en punto entraba en el ga del piano una señora elegante y esbelt Bafael esperaba. Anteriormente había dado sus inst nes al camarero. ¿Qué pensará usted de mí? pregun, teatral rubor la dama. Lagartyo, que tiene esa vista privilegiada para las reses, la conoció de salida ró de entrada ¿Qué he de decir? replicó; que aquí estoy pa servirla en todo; pero comeremos, ¿eh? -Gracias, yo- ¿Vasté á desairarme? -No, respondió con rapidez la hermosa dama. Y se sentó junto á la mesa, enfrente de Rafael. El camarero fué sirviendo la comida con suma habilidad. Pasaron algunos minutos en silencio. ¿Qué pensará usted? volvió á exclamar, ó á declamar, la desconocida. -I Pues ná, respondió Rafael, que es usté mu guapa, y que tengo mañana toros de la tierra. -Dígale usted cuando despierte que ya volveré cuando esté tratable. Lagartijo, que había estado viendo la escena con los ojos entornados y enterándose de todo, se levantó en seguida, pagó, y se fué á la Sa iluqueña. AHÍ, instigado por algunos amigos, relató la aventura. Caso muy raro en él, que no suele contar jamás lo que hace. ¡Qué Tenorio! decía uno. ¡Qué primavera! añadía otro. ¡Pobre angelito! -Sí, respondió Eafael, soy muy primo y tó; pero me he Jecho un quite de cuatro ú sinco mil pesetas; ¡tengo yo mal ojo! SEJÍTIMIENTOS.