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UN QUITE para distinguirlos de los tunos, que hay muchos aquí, en Córdoba y en las otras partes del mundo. Para describir la Sanluqueña sería preciso un libro. Ello es que allí pasaba algunas horas del día y de la noche el popular matador, rodeado por sus amigos y cómplices eri rentoy y manzanilla. Acababa de salir una tarde á pasear por Eecoletos, acompañado por Juan Molina y por tres ó cuatro amigos íntimos. Entre tanto, llegaba á la puerta de la Sanluqueña un lacayo, que no se sabia si era de casa grande ó de esos de las funerarias, que parecen, con tantas borlas y lazos, calamares de luto como dijo uno de los señores allí presentes á la saz ón. El lacayo preguntó por Xa ar l tyo, y le respondió el dueño del establecimiento que no estaba su compadre. Decir quién ha sido Rafael Molina (Lagartijo) en el arte taurino, sería repetir lo dicho tantas veces. Torero de los pocos que han merecido el nombre de maestro por su conocimiento de las reses y por su habilidad para torearlas, Eafael deja un vacio difícil de llenar. Tenia; además, en la manera de ejecutar las suertes del toreo rasgos personalisimos, que intentarían inútilmente imitar otros diestros. Valiente y desahogado por su arte, andaba al rededor de los toros y de los caballos, que no es lo mismo, aunque así lo crean algunos aficionados, y llevó la competencia con Frascuelo hasta el último momento. Y hubo un tiempo en que los aficionados inteligentes no acertaban á decidirse por uno ó por otro, éegún empezaban los muchachos. Porque entonces todos éramos muchachos. Todos, menos los que no habían venido al mundo de los cuernos y de los consumos. Eafael y Salvador han alcanzado tres generaciones de aficionados. La de los ancianos, que vieron á Juan León, -Francisco Montes y José Eedondo. La de los medio- puretas, que diría Daudet. T la de los jóvenes de veinte á treinta años. Por esto, es muy difícil para cualquier matador de toros reemplazar á los dos citados. Eafael! Diez y ocho años llevó de coronüta de la casa. Es un decir, de la fiesta. Diez y ocho aiios, sin abono, y día por día. Bs decir, abonado sí que he estado varias temporadas. Pero qué le importa al país de todo esto? Eafael se va, y nosotros, Lechnguita, Asmodeo y yo, nos quedamos. Como todo funcionario público que decía un diestro muy popular. Lagartijo ha tenido sus aventuras picarescas. ¿Qué hombre agraciado no las ha tenido, ó no las cuenta, por lo menos? Ahí está el Cfmchi; digo, allí, en Córdoba, supongo yo queestará. También él habrá sido héroe de aventuras. Hasta los periódicos ingleses citan con frecuencia á lord Chuchi. Eafael estaba contratado de temporada en Madrid. Paraba en una casa de pupilos en la calle de la Gorgnera. En los ratos de ocio jugaba al rentoy con tres amigos en una habitación de la Sanluqueña, establecimiento que en la citada calle tenia un buen lagartijista y hombre bueno que así clasifica Lagartijo á los que lo son generalmente, El criado He Sil -y Vó esta razón: á una s e ñ o r que e s p e r a b a dentro de uní berlina, en L entrada d e la calle, esquina a la de la Cruz. A poco volvió el lacayo para suplicar al dueño de la Sanluqueña que se aproximara al carruaje. Hízolo así Juan José, y vio en la berlina á una señora hermosa y, al parecer, principal, á la cual saludó cortés, como él era. ¿Con que no está Eafael? preguntó la dama. -No, señora. -Me habían asegurado que le encontraría ahL