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a por lagartijo Ya era una de esas tradiciones con las cuales nos encariñamos insensiblemente. Fiestas del Pilar sin Lagartijo, ni podían concebirse por la afición al toreo en nuestra tierra, ni en adelante ofrecerán atractivos para los muchos que han aplaudido tanto al maestro cordobés. Allá, en aquellos tiempos en que se discutía el mérito de los dos campeones del arte taurino, Rafael tenía muchos devotos en Aragón, que no negaban el arrojo de Salvador, pero manteniendo siempre sus preferencias por el hijo de Andalucía. Lagartijo, transformado en héroe de leyenda, tenía, en opinión del vulgo, algún contrato firmado con la fortuna para esquivar los peligros del oficio; era para sus admiradores, no un torero, sino un artista lleno de inspiraciones que daban elegancia á su escuela y trocaban la percalina en talismán capaz de poner medrosos á los más valientes ejemplares de las ganaderías bravas. Llegaba el mes de Octubre. Añeja costumbre hacía anunciar con el estanipido de las bombas que las fiestas del Pilar daban comienzo. Los carteles anunciadores de las corridas en letras de colores indicaban que Lagartijo iba á estoquear en nuestra plaza. De los pueblos vecinos se aglomeraba en la capital gentío inmenso. El héroe de la afición llevaba al circo entradas colosales. Por última vez y al despedirse de la carrera, vino de Andalucía á Zaragoza. El Califa se cortaba la coleta, y al retirarse á sus lares, abandonaba el campo de sus triunfos á la juventud animosa. El anciano daba un adiós á los laureles, y saludaba, ya encorvado por la vejez, á los. que viéronle antes gallardo y airoso burlar los arranques de la fiera, dominarla con su incansable brazo, y tenderla en la arena con certera estocada. Todavía estuvo Eafael incomparable. Eejuvenecía quizás al respirar un ambiente amigo que le hablaba de ovaciones anteriores, y en el