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ó de la jota aragonesa, y metiendo los brazos en airoso cuarteo, salía libre y limpio, dejando al toro furioso y rebotando, mientras en. su ensangrentado morrillo se elevaban las banderillas, agitándose por los mangos y besándose por las puntas. Pero ni el Lagartijo del capote, ni el Lagartijo de las banderillas, igualaban al Lagartijo del estoque y de la muleta. Después de una brega colosal, en que el rojo trapo era inútilmente comeado por la cansada bestia; cuando ésta, fatigada y herida j se quedaba quieta y cuadrada, erguida la cabeza, juntas las manos, y la mirada ansiosa fija en su enemigo, éste perfilaba su cuerpo, arrollaba la muleta, apuntaba el encorvado estoque, y como última, señal para decidirse, echaba rápidamente la cabeza atrás, arrojando tras de sí la montera y dejando la valiente cabeza al descubierto. La plaza entera resonaba en un ¡ole! entusiasta y atronador, y el diestro se tiraba á volapié con una estocada certera, colosal, que sólo dejaba al descubierto en medio de la cruz la roja bola y los largos gavilanes del estoque. ¿Caía lá fiera? Allí eran entonces los alaridos, de entusiasmo en ios tendidos, y la carrera triunfal del diestro junto á la barrera, saludando con sus armas de combate cruzadas, y bajándose á cada momento para recoger á docenas los cigarros ó devolver á los asientos las gorras y sombreros de los más entusiastas. Si el toro, por un exceso de energía, se conservaba aún dere- chp sobre sus pies, pero abrumado y herido de muerte se aculaba contra los tableros y bajaba, débil y vencido, la agobiada cabeza, Lagartijo consumaba todavía la última suerte con aquel animal que corrió con el capote, enfureció con los rehiletes y engañó con la muleta, para dejarle agonizante con la espada. Cogido con la izquierda el trapo rojo, lo bajaba hasta, el suelo, llevando allí la vista del animal; f odíala puntilla, que pesaba y balanceaba con su mano derecha, y cuando la quietud y la situación del toro lo permitían, arrojaba en rápido semicírculo el cachete, que iba á clavarse entre las vértebras del animal, hiriéndole eú la médula y echándole al suelo agonizante, en blanco los ojos, tiesas las patas y agitadas por la última agonía, inútiles ya los temibles cuernos, que herían el suelo al caer. El ocioso puntillero se retiraba con sus negros manguitos y sus cachetes; arrimábanse al estribo los peones, sin cansar sus capotes, como de costumbre, en la postrera faena enterradora; y mientras el público rompía en ¡oles! á Lagartijo y vivas a Córdoba, los monos sabios sujetaban la cuerna del toro muerto con la soga, y el gancho de arrastre. De hoy en adelante, ¡cómo echarán de menos los aficionados la simpática silueta del diestro cordobés, y su arte instintivo para manejar el capote, los palos, el trapo y la puntilla! Una de las cosas más meritorias, pero más difíciles, en el hombre que vive para el público, es retirarse á tiempo. Lagartijo ha terminado su brillante y larga carrera con esta determinación, probando á los públicos de. Zaragoza, de Bilbao, de Barcelona, de Valencia y de Madrid, que aún sobra en aquella mano poder para echar á rodar muchos toros, y queda valor, entusiasmo y valentía en aquel corazón para arrancar muchas ovaciones. MEDIALUNA.