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LAGARTIJO EN LA PLAZA El lápiz primoroso de Perea ha sorprendido la característica figura del diestro cordobés en sus suertes favoritas que mayor entusiasmo levantaban en el público, cuando el gran Califa capote en mano ó muleta en la diestra, trasteaba y conducía al bicho como á un juguete, burlando la fuerza con la habilidad, la pujanza con el arte, el poder bruto con la serenidad, la inteligencia y la sabia práctica. Se ha dicho de Vico que rezaba á menudo los papeles, ya por desanimación, ya por cansancio. Aliquando también dormía como Homero él moderno Pontífice de la tauromaquia, y sea por disgusto sea por desconfianza en las condiciones de las reses, dejaba que su capote ocioso descansase en el brazo, y el brazo en la barrera, para después, llegado el último tercio de la lidia, deslucir la faena del trapo encogiendo el cuerpo, y afear la estocada á volapié con aquel paso atrás tan antipático, pero tan suyo. En cambio, ¡cuando Lagartijo quería! Y fuerza es reconocer que quería casi siempre. Tendido el jamelgo, con el vientre rasgado por terrible cornada; caído al descubierto el picador, sobre cuyas piernas inmóviles gravita el peso del animal herido; ya la fiera, embistiendo de nuevo al yacente grupo, amenaza dar el mortal hachazo que acabe con la vida del picador allá surgía entonces el capote de Rafael llamando la atención de la bestia, que, engañada por los colores del trapo, abandonaba el viviente objeto de su furia; allá entonces la mano del diestro tomaba por una de las puntas el capote, y flameándolo como triunfal bandera, corría con él hasta el otro extremo con una de aquellas largas magistrales, soberbias, hipnóticas, que tomaban al toro en el lugar del peligro y le arrastraban bufando y corriendo todo el diámetro de la plaza, hasta cornear con furia en los tableros, por donde desaparecía con el diestro el amplio capote salvador. Cambiada la suerte, el público de Lagartijo, sobre todo el público de provincias, pedía á g r i t o s que el maestro tomara los palos; Rafael, quizás entusiasmado, acaso nada más complaciente, agarraba los rechonchos y floreados rehiletes de á cuarta, mojaba con saliva los hierrecülos, y alegrando á la fiera con gracioso movimiento de brazos, se iba hacia ella tranquilo, sereno, derechamente, al compás de las dulzainas vascongadas