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367 Pero, en fin, si hubiera quien la tomase á título de alhaja ó prenda en buen uso, para eso me serviría. Para otra cosa, no. ¡Para recordarme todo lo que apuntas, y aún lo que no apuntas, en tu cariñoso y elocuente artículo, acerca de mis peleas en pro del Califa cordobés? Pues esas no serían sino dulces memorias por mi mal halladas, según la delicada frase del poeta. La verdadera felicidad está en beber las aguas del Leteo. Por algo los paganos colocaban el río del Olvido á la entrada de su paradisiaca ó edénica mansión. Corramos sobre lo pasado un velo, como el que podrían formar todos los capotes y muletas usados por Lagartijo en sus cuarenta años de toreo (miarentaj así como suena) y cuenta íiMeva legún dijo no sé si el fraile del cuento, ó la codorniz de Pepa la frescachona. Rafael se corta la coleta Yo tengo todavía- la mía, y no es jactancia, en disposición de hacer que se encarezca la poma. Por eso, teniendo á la vista, ó en m i poder, la coleta de Rafael, sería fácil que se me quitasen las ganas de gallardearme con la mía ó de recrearme con las de los demás tirando de ellas. Mientras Dios me dé salud y humor, quiero seguir ejerciendo y no dedicarme al cultivo dé la Arqueología Taurina. Por otra parte, ¿cómo iba yo á dar el merecido y digno asilo á reliquia tan preciada? Tengo muy poco dinero para pensar en relicarios. Cuando yo me haya enriquecido ¡limpíate, que estas de huevo! haciendo en adelante lo que tú, con exceso de benevolencia, dices que he hecho hasta ahora con Rafael Molina, podré peñsa; r en urt: Museo Sobaquilloj parodia del Museo Velasco. Lo que es ahora, ni en un sencillo guardapelo de oro me sería posible colocar esa dichosa coleta. Mejor será, por consiguiente, que vaya á parar en mejores manos y á sitio en donde reciba el con- veniente culto. Sería de gran efecto, por ejemplo, apartar sus pelos en cinco parte iguales y distribuirlas entre las cinco poblaciones que han logrado los honores de la quíntuplo despedida delmaestro, del últímq maestrOj como le ha llamado ¡al fin! La Lidia, esa Lidia que renuncia á la popularidad y á las süs- cripciones al propio tiempo que el mismo Rafael. Un mechoncito para Zaragoza, otro para Bilbao, otro para Barcelona, otro para Valencia, y, otro para Madrid ¡Ni la Cara de Dios, que está en Jaén, en Madrid, en Roma y en Colonia, tendría tantos y tan auténticos ejemplares! ¿Y para Córdoba? dirás. Para Córdoba, aparte de lá guita y de los huesos del Califa, puede y debe reservarse, ya que no ha querido cortarse allí la trenza su merced, el utensilio con que ha de ejecutarse esta memorable cuanto sensible operación. Sí; para Córdoba ¡las tijeras! Precisamente ha empezado ahora á formarse en aquella ciudad, por iniciativa de mi amigo Rodolfo del Castillo, ex concejal cordobés y actual diputado por Cádiz, un Museo Municipal, en cuyos escaparates ó vitrinas merecen ocupar puesto de honor, á falta de la coleta misma de Rafael, las tijeras que hagan caer el glorioso atributo del torero. Para mí, ¿qué quieres que te diga? no apetezco más que el gusto, con dejos de pesadumbre, de ir de cuando en cuando á contemplar en la ciudad que baña el rey de los otros ríos, como llamó Góngora al Guadalquivir, no ya las tijeras citadas, ni la coleta referida, ni siquiera el pañuelo con que el hombre se enjugue las últimas gotas de sudor vertida. s en el redondel, sino su propio semblante, seco, renegrido y amojamado más de lo que hoy está. ¡Y tú que lo veas!