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LA VALENCIANA Ya no lleva la alta y airosa peineta de plata sdhiedorada, ni las agujas y pendientes de esmeraldas y perlas, falsas ó finas, ni rodea su garganta hermosa con el clásico y riquísimo collar de tres vueltas. Tampoco sobre el jubón de seda luce el pañuelo de encaje, bordado en oro y recamado de lentejuela; no es de brocado su falda, ni su pie, ceñido por media calada de seda blanca. se esconde en gracioso zapatito escotado, hecho de la misma tela de la falda ó de raso blanco con moños de color dé grana. Sobre su espalda no cae el soberbio lazo de color vivísimo que parte del broche del collar, ni el rizo, traspasado y sostenido por horquillas de oro, cubre su sien, blanquísima como la azucena. -El traje típico de valenciana se ha perdido; aparece alguna que otra vez en las solemnidades populares ó de oficio, hechas para evocar recuerdos del país. La reina moda, esa tirana del mundo, ha despojado á las valencianas de sus trajes vistosos y graciosísimos, pero no ha podido quitarles la hermosura. Bien es verdad que esa la da Dios, á quien no llega la ridicula influencia de la deidad caprichosa. íío busquéis á la valenciana neta en las clases privilegiadas. La alta educación es igual, no ya en todas las provincias de España, sino en todos los pueblos civilizados, y convirtiéndose en rasero nivelador, ha borrado diferencias de nación y lindes de regionalismo. Buscad á la valenciana entre las hijas del pueblo ó en la huerta. Id al mercado de flores de Valencia. Allí acu- den por las mañanitas á proveerse de un clavel ó de una rosa muchas hermosas d aparell redó, como se llama en el argot del país á esas encantadoras muchachuelas que llenan los obradores de costura; ninguna de ellas deja de llevar una flor en el pecho, en el pelo ó en la boca. ¡Cuántos aficionados comprarían aquellas flores, pero con maceta y todo! Si queréis admirar á las beldades de la huerta, pasead á la caída de la tarde por los caminos de Al- ohiros, Godella, Alfafar, Heliana, por todos los que afluyen á Valencia desde los pueblos ó caseríos inmediatos, y veréis bandadas, grupos, medias compañías de preciosas muje, J res que, después de haber trabajado durante el día en la Fábrica de tabacos ó en alguna de hilados y torcidos, f vuelven cantando á casa, como van los pájaros al nido. La mujer valenciana, por regla general, es pálida como la azucena, de ojos gi- andes y negro s, ojera pronunciada, boca pi- caresca y mirada inconscientemente provocativa. Es gallardo su andar, y su modo de vestir tan aseado como modesto. Ko requiráis de amores á la mujer de la huerta; es inútil: ella no alterna más que con los suyos, Y lo de la salvaje fiereza de la vega valenciana es una calumnia indigna. Pedid á la puerta de una barraca un vaso de agua, y os lo servirán con holao, azul ó de color de rosa, y de solución difícil á causa de la edad. Pero pedid amores ó meted los perros de caza en un sembrado, despreciando amonestaciones reiteradas, y os pegarán un tiro los maridos ó novios celosos y los hortelanos perjudicados. Esto es natural. La mujer labradora es viva, espiritual é inteligente. Sabe más que el hombre. Ejemplo. Haciendo el padi- ón vecinal, le preguntó el encargado, delante de mí, en Alboraya, á Taoro Calpena- ¿Cuántos años tiene usted? -Pepa, ¿cuántos años tengo yo? -Cuarenta y ocho, contestó la esposa, no sin indicarme con el gesto que su marido era un lote. También he presenciado lo siguiente: ¿Cómo se llama usted? PasevMlo Sánchez. ¿Y de segundo apellido? -No tengo. ¡El apellido de madre, hombre! -I Cuando le digo á usted que no tengo! ¡No ve usted que mi madre se ha muerto! -Martínez, dijo la mujer, sonriéndose de la candidez de Pascual. La mujer valenciana de la huerta es un compendio, en rústica, de varios conocimientos. E l labrador no sabe más que un libro: la gramática parda. EAFABL M A B Í A L I E B K