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LA ARAGONESA Aún me parece verla por el Mercado vendiendo los rojizos melocotones, mientras sus pobres hijos duermen al lado, enseñando la carne por los calzones. Ancha, cual los olivos que hay en Torrero; como la Torre Nueva, morena clara, lleva en sus ojos chispas de algún lucero que bajó á oir la Jota junto á su cara. Con el negro cabello mal recogido, como grana los labios y las mejillas, blancas las alpargatas, corto el vestido, y redondas y duras las pantorrillas. Al pasar por el Coso, que se estremece al sentir de su planta la violencia, ella, si no es hermana, pues lo parece de aquellos dos gigantes que hay en la Audiencia. Junto á la dulce nota del sentimiento lleva en su alma chasquidos como de rayo, y tiene igual perfume su casto aliento que aquel chordón tan rico que hay en Moncayo. Libre y pura lo mismo que las palomas que bañan en el Ebro sus blancos picos, corre ya por la huerta, ya por las lomas, llevando de la mano sus pequeñicos. No teme á las heladas ni á los ciclones, ni al sol aquél, que araña más bien que pica, porque cura sus males con oraciones teniendo en Zaragoza su Pilarica. Y no quiero deciros lo que es la Jota, ni cuando ella la baila, lo que se siente, porque al pensarlo sólo se me alborota todo eso que tenemos tras de la frente. Guitarrillos que rien, quejidos suaves, algo así como aromas que caen del cielo, murmullos de la selva, trinos de aves, y una mujer que nunca para en el suelo. Vinieron los franceses á conquistarla, arrojando sobre ella sus batallones, y se quedaron tontos al contemplarla cantando entre las ruedas de los cañones. Ya les dijo la Virgen que no quería ni rendirse ante nadie, ni ser francesa, y si otra vez volvieran se lo diría, abrazada á su Virgen, la aragonesa. CONSTANTINO G- IL.