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LA GALLEGA Tiene adversarios, lo sé; pero sé también que pocos han podido sostener ante ella sus argumentos sin declararse vencidos á la postre por el terrible dilema de sus curvas. Dios, que ha hecho de esa linea el sistema de los mundos; que ha encerrado en ella el secreto de la vida; que la, ha puesto en el espacio para revelarnos el infinito; que la ha puesto en el cerebro para generar el pensamiento, y en la serpiente del Paraíso para hacer posible la redención, púsola también, con mayor amplitud que en ninguna otra, en la mujer gallega, para encerrar ea un símbolo de carne, que es una pro- j mesa de fecundidad, la consoladora idea de la persistencia de nuestra í especie. Tero esa mujer no posee la linea solamente: tiene también el color, que la embellece, y la nota, que la anima, sin lo cual poco tendría que envidiar á las estatuas griegas. No voy á discutiros su gracia, porque para ello necesitaría fijar antes el sentido de ese vocablo. Si por gracia se entiende cierta exuberancia de hermosura, cierta movilidad muscular, cierta elasticidad de tejidos puramente fisiológica y externa, una sola lección de clínica bastaría á demostrar que la mujer allega es más graciosa que la andaluza, dado que en ésta, por razón el dima en que nace, son menos abundantes y duraderas las savias que mantienen flexibles, bañándolos en tibia atmósfera de humedad, la complicada, red de sus nervios, humedad que se agosta en breve bajo el ardiente sol del Mediod. ía. Si, por el contrario, la gracia es el arte de esteriorizar el alma, diali- zándola, por decirlo así, á través de los poros, y haciéndola vivir en los ojos, en la boca, en la actitud y en todos los movimientos, en este caso no os negaré que la mujer de mi tierra no ha llegado todavía á ser maestra en ese arte. Opónese á ello un imposible físico: la mayor densidad de su naturaleza, la mayor plasticidad de sus formas, su mayor solidez, en una palabra, que opone á la expansión de su espíritu resistencia semejante á la que encontraría una luz para alumbrar á través de una muralla de bronce. ¿Acusa este fenómeno, perfectamente explicable por la ley de la impenetrabilidad de la materia, una imperfección, ó constituye un privilegio en la mujer de mi raza? Me inclino por lo último. Todos sabéis que el gallego ama como nadie su país; todos sabéis que la mujer gallega guarda como nadie su hogar. Con estos precedentes, ¿no encontráis lógico que el alma de nuestras mujeres guste poco de abandonar el templo de su corazón, donde tan feliz debe encontrarse, para ponerse á flanear por esos mundos de Cristo, envuelta en gasas y encajes, seduciendo cadetes y toreros, ó maravillando á ingleses impresionables? No quiere esto decir que no tengan gracia mis paisanas. ¡Vaya si la tienen! Sólo que no es una gracia que se eche á la calle al menor motivo: por asistir á la parada, por tomar parte en una riña, por curiosear lo que pasa al vecino, por detener con el trabucazo de una mirada provocadora al, inadvertido viandante, no: su gracia es seria, augusta, majestuosa, dueña de sí misma, digna á la vez dé quien la lleva y de quien sepa apreciarla. Pasa con ella lo que con las minas de oro: que son muchos los que las buscan y pocos los que las encuentran; y no porqué no existan, sino porque no saben buscarlas. m t Y, sin embargo, han calumniado á la mujer gallega. La llaman sosa los que no la trataron. Se ha hecho más: un escritor conozco, de quien Dios ha hecho justicia condenándolo á ir en vida colgado, como de un patíbulo, de su. propio espinazo, el cual escritor sacó, no sabemos de dónde, si no fué de su joroba, la peregrina especie de que la mujer gallega desprecia el don de la virginidad, por inútil. Despreciemos también esa falsedad por infame. Falso también, j- además ridículo, es lo qué dice el inglés Mister Ford en su libro A Sandhoock for trevellers in Sjpaiv, cuando afirma que las mujeres gallegas conservan sus encantos poco tiempo. Podrá acontecer eso con la mujer que se dedica á las labores del campo; pero esa mujer lo mismo puede ser gallega que yascorigada, castellana que andaluza. i Y si en otro sentido pudo decirlo ese autor, la mujer gallega debe agradecer esas frases, porque, perder los encantos de la juTentud para ganar las veneraciones de la maternidad, lejos de ser una censura, constituye el más; sublime elogio. ¡Los encantos de lá mujer gallega! ¡Oh, si no la conocéis, haced por conocerla, y os pasará lo que á un amigo mío á quién Eevé un día al templo de mi- pueblo para enseñarle una imagen, obra acabada de escultural La imagen no había sido colocada todavía en el altar: alzábase sobre su peana. en el suelo, y á su lado rezaba una jovein da sorprendente hermosura. Mi amigóse adelantó; miró el grupo, y cayó de rodillas. Cuando llegué hasta él, miréle prosternado, no delante de la imagen, sino de la mujer, y sus labios se entreabrían murmurando: Dios te salve, María, Uemí eres degracia ¿Se había equivocado? No. jLas había confundido! Preferidla á todas. Es la única que, á un tiempo, hila, ama y ora. M. OüBEOS T ENjftÍQTTEZ.