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LA VASCONGADA Por el florido sendero que va hacia la fuente, la herrada en la cabeza, la risa en la boca, dejando atrás el caserío, de cuya vetusta chimenea se escapa una débil columna de humo que se retuerce gallarda en el aire, y oyendo ya el revoltoso ruido del agua, semejante al cuchicheo de niños que se cuentan en voz baja historias de alegría, la muchacha vascongada, de alma inocente y ojos picarescos, camina ligera y erguida, sin sentir el peso de la maciza herrada más que si en vez de ella llevara sobre sia cabeza un nido de pájaros ó una leve madeja de sueños. Alta, sonrosada, de ojos azules y largas trenzas rubias, en su cuerpo, de curvas nacientes, parece reclinarse el deseo, como en el ribazo de suave ondulación donde brota el césped primero parece descansar la primavera. Su voz es canto, y su conversación risa; toda frase suya termina en una carcajada, como toda canción de pájaros concluye en un aleteo. En su espíritu es una religión la alegría, y en su cuerpo una sana necesidad el trabajo; y el amor, agarrado á sus dos trenzas, le da todas las noches suaves tirones para despertar á los sueños y encargarles que conviertan las risas inocentes en apretados besos; por ello, sin duda, en cuanto una muchacha vascongada se casa, recoge sus trenzas bajo una toca, y es que el milagro de convertir en besos las risas se ha verificado ya, y el amor no necesita de nuevos repiques. Casada, y apenas nacido su primer hijo, toda la belleza de la campesina vascongada se deshace. No le da solamente á aquél la vida; le entrega también su hermosura, y con la abundante savia de sus pechos le va rindiendo el sonrosado de sus mejillas, la suavidad de su cutis, la claridad de siis ojos, la gallardía de su cuerpo; no le queda otro bien que el de ser madre ¡y he dicho que perdía su hermosura! Las rudas fatigas del campo, los incesantes desvelos de la maternidad, apagan hasta el último resto de la belleza física en aquel cuerpo rugoso y deformado, y entonces, rodeada de sus robustos hijos, que ya ven en las llamas del hogar expresivas imágenes para sus nacientes deseos amorosos, la mujer vascongada emplea las largas veladas del invierno en hilar resignadamente el lienzo que ha de servirle de mortaja, y en el establo, próximo á la cocina del caserío, suena, mientras tanto, el inquieto tintineo de la esquila que se colgó por gala al temerillo, y el largo y triste mugido de la añosa vaca, que, después de comtemplarle amorosamente, dobla sobre los secos heléchos su cansado cuerpo, como esperando la muerte. JOSÉDBEOURE.